Saturday, June 17, 2006

¿Alguna vez lo imaginaste así, Saúl?





Cuando cumplió un año de vida, sufrió poliomelitis. Y entonces sus días se llenaron, obligadamente, de ejercicios físicos. Rehabilitación. Hoy comparte la emoción de ver izada su bandera junto a Marion Jones y Konstantinos Kenteris

Pedro Díaz G. / Enviado

Sydney.-- ¿Cúal es el orgullo mayor, Saúl, el récord olímpico, el haber rebasado a tus rivales cuando casi te ves envuelto en un choque y el estadio lanza entero un rugido de pasión, el saber que tras tu medalla de oro partirás ráudo a México para abanderar a tus compañeros, que ya quieren volar acá para ser parte lo que ahora sientes?
¿Cúal, el haber vencido a la polio, que te dio apenas cumplido el primer año de vida, cúal?
Para mí escuchar el Himno.
Ahí, en el estadio. Ante 110 mil personas que se aprestan desde temprano para ver actuar a lo mejor que hay en el mundo, como tú.
--En los Juegos Paralímpicos --dice Ivar Sisniega apenas rebasada tu meta en los 1500 metros con silla de ruedas-- hay muchas categorías; es lamentable que no cuenta esta medalla, para la tabla genral, pero nohay que restarle méritos a los muchachos: son lo mejor que hay en esa disciplina, son la élite del deporte.
Dirá la historia oficial: el mexicano Saúl Mendoza se adjudicó la medalla de oro en los mil 500 metros en silla de ruedas, mientras su compatriota Ariadne Hernández fue tercera en los 800 de la misma modalidad, disputados como exhibición en el Estadio Olímpico.
Mendoza recorrió la distancia en tres minutos, seis segundos y 75 centésimas para imponer un nuevo récord olímpico en esta modalidad y superar al francés Claude Issorat, segundo con 3:07.65, y al suizo Heinz Frei, tercero con 3:07.82.
En los 800 femenil, Hernández llegó tercera, luego de liderar una buena parte de la competencia, con registro de 1:56.59, sólo superada por la australiana Louise Sauvage, ganadora con 1:56.07, y la japonesa Wakako Tsuchida, segunda con 1:56.49.
Eso dirá, pero las emociones, Saúl. Ver que a tu lado Claude cae de la silla en el momento previo a recibir los honores de su vida. Y ríe él. Y ríen todos.
Y el espectáculo entonces viaja entonces de lo grotesco a lo sublime.
Y vuelan por redacciones boletines:
Saúl Mendoza llegó a la prueba de exhibición como uno de los favoritos para lograr el primer sitio, luego de los éxitos conseguidos en las principales justas internacionales, entre las que se cuentan las
medallas de oro logradas en los Juegos Mundiales Sobre Silla de Ruedas de Nueva Zelanda en 1999 y en el Campeonato Mundial de Atletismo para Discapacitados, en los que Mendoza conquistó medalla de plata en 10 mil metros y los bronces en los 1,500 metros y 5000 metros, respectivamente.
El triunfo de Saúl Mendoza incrementa su lista de logros obtenidos en el Mundial de Atletismo de Sttutgart, Alemania, en 1993, en donde consiguió el primer lugar en la carrera de exhibición, mientras que en los Juegos Olímpicos de Atlanta ‘96, se ubicó en el cuarto lugar y ahora se queda con la medalla de oro en los 1,500 metros en los Juegos de Sydney.
Por su parte, Ariadne Hernández quien se convirtió en la primera atleta latinoamericana en participar en pruebas de exhibición en Juegos Olímpicos, se apuntó la medalla de bronce en la final de los 800 metros de la categoría abierta.
Ariadne Hernández, quien forma parte de la selección femenil de atletismo sobre silla de ruedas para los Juegos Paralímpicos, se convierte en la primera medallista latinoamericana en carreras de exhibición en Juegos Olímpicos. Ariadne obtuvo el bronce en los 400 metros en los pasados Campeonatos Mundiales de Atletismo de Birmingham ‘98.
¿Cuál, Saúl, el orgullo que te mueve?
Tratas de explicarlo:
--Pues sí, todo esto me motiva aún más de venir a correr en lo Juegos Paralímpicos. Me da mucha alegría poder representar a México aquí, esta noche, dignamente.
Esta noche, Saúl:
Vibra el estadio y se sumerge en porras que hacen daño. Que arañan el corazón, el alma, los sentidos. Las tuyas gritan ¡Mé-xi-co!, ¡Mé-xi-co!, y México tan lejos. El equipo todo se volcó no falta nadie.
Te espera todavía lo mejor: regresar de inmediato a la Patria, tomar en tus manos la bandera, ser ejemplo. Y regresar por más, tres pruebas más: 800, 1500 y 5000 metros.
Esta noche, Saúl, en la que Marion Jones responde así al escándalo: deja atrás a la heroína australiana que, por qué lo hace, corre una prueba que, lo sabe, no es la suya y termina en el séptimo sitio. Responde así, la hermosa morena, a esto:
"El atleta estadounidense C.J. Hunter, esposo de la estrella Marion Jones, dio positivo con esteroides prohibidos en cuatro ocasiones desde junio, anunció el Comité Olímpico Internacional (COI). El presidente de la Comisión Médica del COI, príncipe Alexandre de Merode, dijo que Hunter dio positivo con nandrolona tres veces, además del análisis positivo del 28 de julio en Oslo, que fue anunciado el lunes".
Marion Jones gana los 200 metros planos. Esta noche, Saúl. De Bahamas, la bahameña Pauline Davis-Thompson se llevó la medalla de plata y Susanthika Jayasinghe, de Sri Lanka, la de bronce.
Esta medalla dorada se suma a la que Jones conquistó en los 100 metros planos para consolidarse como la mujer más rápida del orbe.
Jones busca también las preseas de oro en el salto en largo y los dos relevos
Esta noche, Saúl en la que algo falta: la esbelta y poderosa figura de Michael Johnson en los 200 metros, pues, no se clasificó hace unas semanas. Es entonces para el griego la gloria olímpica, el corredor griego Konstantinos Kenteris, que lo había pronosticado, antes de las semifinales de 200 metros que sería el único atleta blanco en la final olímpica de esa distancia, y se cumplió su pronóstico.
Kenteris estuvo en la final, la ganó y se coronó campeón olímpico de la especialidad.
El pueblo australiano vivió una situación similar, a la que vivió el país. El nuestro: como aquella vez que, cuando en Moscú, todos esperábamos ver salir del túnel a Daniel Bautista.
--No, a mi no, por favor --clamó a los jueces, que esta vez hicieron lo correcto, no como cuando pasó a Bernando Segura-- no, no. no...
Jane Saville terminó su sueño olímpico ante la tarjeta roja, a un minuto de la meta.
Los australianos se lamentan. Lloran, no escuchan, gracias a ella, en el estadio, entre tanta, tanta gente, su himno nacional.
Nosotros sí, Saúl, esta, tu noche.




Septiembre, 2000

Friday, June 16, 2006

Con los pies en la tierra


Pedro Díaz G.

Apresura el llavero, Fernando Platas Álvarez. La PT Cruiser gris le espera en el estacionamiento del CDOM lleno al borde de obligar a muchos visitantes a dejar su automóvil en doble fila, sobre avenida del Conscripto; ya toma de la mano a Jashia Luna, su novia, rosa rosa en mano.

Un compromiso escolar le aguarda al clavadista que competirá en tres metros, diez y sincronizados, en Sydney.

Pero el titular de la Codeme le pide no abandone el salón, porque habrá un importante anuncio. No lo hace, Fernando, y en unos minutos tiene alrededor suyo a una innumerable cantidad de reporteros, queriendo saber la opinión del joven abanderado.

A los aplausos, bullas y saludos siguen las declaraciones.

¡Pa-sare-la!...

Presión es lo que tendrá, extra, el moreno atleta de carisma y sencillez en el trato. ...Ya estaba obligado a hacer un buen papel; esto me motiva doblemente. No sólo debo ir por un buen resultado, sino que, además, debo ser buen ejemplo para todos: compañeros y aficionados. Es un honor y es muy grato para mí ser el abanderado, ayer me lo dijeron y me llenó de satisfacción.

Platas Álvarez ya tuvo esa responsabilidad en el pasado: fue abanderado en los Juegos Mundiales Universitarios. Multimedallista con 15 años de carrera, ha tenido resultados importantes en las etapas del Gran Premio y Copas del Mundo.

Todo el equipo de clavados nos sentimos orgullosos. En este caso me tocó a mí, pero la verdad es consecuencia del trabajo de mucha gente.

Platas, junto con sus compañeros, regresa de una gira por Europa: Ronneby, Suecia; Madrid, España, y Messina, Italia.

“La designación llega en el mejor momento, cuando el trabajo es más pesado y uno se tiene que involucrar más.

Esto sirve de motivación”.

Fernando inició su carrera deportiva a los nueve años, en la Unidad Cuauhtémoc del IMSS, bajo la supervisión de Salvador Sobrino, en la actualidad entrenador en jefe del equipo australiano de clavados.

Su internacionalización llegó en el dual meet EU-México en Misión Viejo, California. Asistió a los Juegos Centroamericanos por categorías en Puerto Rico y Mundial Juvenil por edades. En 1989 participó en los Centroamericanos en Venezuela y el Mundial Juvenil en Madrid. En 1990 tomó parte en la gira por Europa en las competencias de Madrid, Viena, Bolzano, Rusia y Alemania, donde se ubicó en los primeros lugares en trampolín de tres metros y plataforma de 10.

En los Juegos Centroamericanos y del Caribe en México, logró medalla de oro en cada una de las pruebas. En 1991, fue al Campeonato Mundial de Perth, Australia, y Panamericanos de La Habana. En 1992, logró su calificación a los Juegos Olímpicos de Barcelona.

En 1993, fue segundo lugar en los Juegos Mundiales Universitarios, Copa del Mundo en Beijing, China, y en los Centroamericanos en Ponce, Puerto Rico. En 1994, participó en los Juegos de la Buena Voluntad en San Petersburgo, Rusia.

En 1995, repitió en el campeonato nacional en las tres especialidades y en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, fue segundo en trampolín de un metro y recibió el Premio Nacional del Deporte.

Para 1996, integró la delegación rumbo a los Juegos Olímpicos de Atlanta, donde sólo avanza a la final. Luego vienen sus participaciones más sobresalientes en los Grand Prix de la FINA y Copas del Mundo. En este año confirmó su boleto olímpico en la Copa del Mundo de Sydney, en enero pasado y en la reciente gira por Europa obtuvo una medalla de oro.

--Y ahora, la responsabilidad es doble. Doble --dice antes de partir.


Agosto, 2000

Wednesday, June 14, 2006

Las memorias de El Tibio


Pedro Díaz G.


Suyo es el relato: "Estaba yo feliz, desde el día anterior, porque en mi heat eliminatorio pasé en primer lugar.

"En aquel entonces se manejaba mucho que los nadadores nos rasuráramos las piernas; se creía que te daba más velocidad. Al menos, la sensación de nadar con y sin vello es notable.

"Mis compañeros me convencieron de no rasurarme sino hasta la final. Yo pensaba: `¿Y si no paso?`, pero todos confiaban en que sí y dije, bueno, pues. Que la rasurada espere hasta el final".



Del purgatorio a los consejos de papá

"Ya a unos minutos de la prueba, en la Alberca Olímpica, había un cuartito al que le pusieron El Purgatorio , porque era, decían los nadadores, `la antesala del infierno`.

"Era la sala previa a tu momento olímpico. Había bancas numeradas del 1 al 8. Ya cuando nos dejan por fin allí a los ocho y estamos solos.

"Casi nadie se habla. Me acuerdo que fui al baño y me encontré con el japonés, que se miraba al espejo, así, cerquita, no sé, como si se estuviera exprimiendo un barrito o algo, pero no: sólo se estaba mirando. Yo decía: `qué onda con este cuate en el espejo`.

"Y entonces regresé y estaba, en una televisión chiquita, la prueba anterior. Y me dio risa porque sentado ahí un soviético y a su lado un estadounidense, y ambos viendo la tele, cuando se oye: `En sus marcas...` y `Trucutú`, como le decíamos al de la salida, el Trucu , anuncia la salida. Y ves cómo se agachan las niñas para lanzarse al agua, y el ruso se puso nervioso y que apaga la tele, cuando estaban a punto de salir! Y entonces el otro se le queda viendo, se levanta, prende la tele y la voltea, y se pone él solito a verla, interesado en la final previa.

"Todos, en ese momento, estábamos muy nerviosos. Pero ese incidente me tranquilizó. Salimos del Purgatorio , pasas el pasillo ese grandote antes de entrar hacia la zona de la alberca, donde hay unas bancas enormes, de cemento. Y ahí estábamos formados, cuando volteo y veo a mi papá, fíjate. Parado ahí. Y corre hacia mí y le digo: `Y tú, qué pasó, cómo te colaste, te van a sacar, qué estás haciendo`. Y me dice: `Vengo aquí a ayudarte, a que le eches ganas`. Y termina: `Ya, aunque sea tercero...

"Cómo papá. Cómo le deseas un tercer lugar a tu hijo, le decía yo. ¡Pídeme el primero!, no el tercero.

Él se apenó. Lo vi, y como que dijo: `Chin, creo que la regué`.

"Qué gacho, cómo tercero, pensaba yo. Pero es que él estaba más nervioso que yo. Motívame bien, papá. `Bueno, échele ganas y ahí nos vemos`.

"Y yo riendo y pensando, qué bárbaro, me cotorreé a mi papá".



Cuatro, tres, dos, uno...



"Pero al segundo siguiente sales a la alberca y empiezas a sentir, ahora sí, todos los nervios juntos: tu corazón se te siente en todo el cuerpo. La pulsación en todos lados la sientes, y sientes que empieza a latir más fuerte. Sin estar tú cansado, tu corazón empieza a prepararse. Y tu mente te está diciendo: ahí viene la friega. Pam-pam-pam. Sientes los latidos en la cabeza, en el cuello, en la boca...

"Yo trataba de calmarme: me decía, `ya me estoy cansando ahorita y todavía no hago nada...` Y pensaba entonces en mi prueba, la repasaba. Nos pusieron en la salida de la alberca, en las canastillas, y yo repitiendo mi prueba, tranquilo. Y tratar, ya, de no escuchar al público, porque se oía mucho el ruido del público: `Mé-xi-co!, ¡Mé-xi-co!...` En fin, tratando de bloquearme.

"Y recuerdo que sí lo logré, porque estaba yo quieto, tranquilo y concentrado.

"Y cuando caes al agua, por lo general, se te van los nervios. Pero a mí no se me fueron ahí. Siempre decíamos que el agua y los nervios no se llevan, pero ahí no se me fueron los nervios. Seguía muy nervioso, con ganas de ganar desde ahí, desde el principio: ¡irme con todo! "Me acuerdo que hasta pensé que tu mismo cuerpo te reclama: estás sufriendo, te dice: `qué estás haciendo aquí...` `¿porqué estás sufriendo, párate y ya vete`... Yo mismo lo pensaba: si ya me faltan 200 metros. Si los he hecho tantas veces, 200 metros. Ésa era mi manera de concentrarme; eso pensaba bajo el agua.



Brazadas de oro

"Y en los últimos 50 metros, cuando di la vuelta, sentía que me iban saliendo bien las cosas. En los últimos 50 metros te duele todo: te duele desde la punta del dedo, y sientes como si alguien te jalara. Y por eso es que tus entrenadores te dicen `¡estírate!`, porque ya no puedes ni estirarte, de cómo vienes, del mismo dolor. El estómago, las piernas. Sientes como que te falta el oxígeno.

"Así lo sentía, pero me tranquilizaba porque pensaba: `este cuate va igual que yo de fregado. Tengo que echarle más ganas`. Y oía ruidos, sabía que iba bien porque ya no lo veía. Como le llevaba un cuerpo, ya no lo veía. Y al gringo, aunque tienes una visión periférica, ya no lo veía, pero lo sentía.

"Porque abajo del agua se oyen las burbujas: "Brooom!, ¡brooom!, y hay quienes gritan: "Braaam, brooom, agggrrr", se escucha.

"Y cuando sacaba la cabeza alcanzaba a escuchar gritos de México. Voy bien, pero no sé cómo.

"Y pensaba: ya, ahí está la pared. Y me acuerdo que me tenía que estirar. Eso me habían dicho: `¡Estírate al final!, y estírate, no hagas caso a nadie`, me decían Johnson y Nelson. Toco la pared y oigo: `Aaaaaaaahhhh`, me acuerdo bien. Y tuve que voltear al tablero donde se ponían los nombres de nosotros, un foco rojo indicaba quien había tocado primero y el `1` del otro lado.

"Veo el foco rojo, mi nombre y, uta, se me salió el corazón igual, pero ahora sí de cansado. Yo quería brincar, pero no podía. No puedes ni moverte, no pude ni levantar los brazos, ahí en la alberca, pero qué satisfacción, qué victoria.

"Regresé a la orilla y el americano me felicitó, el soviético no, estaba muy molesto. Le dolió mucho la derrota.

"Después salí, y estaba yo muy contento, escuchaba un chorrro de gritos, agarré mi toalla, corrí hacia mis entrenadores. Y a disfrutar".

Explota la algarabía, el paroxismo es colectivo. Finaliza esa corta espera tan larga como un siglo. En las tribunas se produce un extraño rito de celebración: unos gritan, otros lanzan al aire las porras al Tibio.

Se mezclan las más encontradas expresiones de alegría, y es que esta noche México ha ganado, ya a sólo cinco días del adiós a los juegos, su primera medalla de oro en la XIX Olimpiada.

Sube a lo alto del podio el jovencito de sólo 17 años, alza los brazos jubiloso, la multitud le responde. De repente, otra vez, el silencio total. Nuestra bandera es izada y son diez mil voces las que cantan: "Mexicanos al grito de guerra..." y el jovencito enjuga, con su mano derecha, una furtiva lágrima.

No se considera un héroe, es ... simplemente un deportista que ha comprendido que para llegar a donde se desea, hay que poner toda el alma de por medio.



Octubre, 2003

La leyenda del andarín






Pedro Díaz G.


Llegar a la cúspide deportiva no es fácil. Pero cuando se quiere y a uno le dan los medios para intentarlo, no hay que dudar. Hacen faltan medallistas. Más y más. Hacen falta ejemplos en nuestro país. Podemos tenerlos. Decidámonos.

Lo dijo José Pedraza.

El sargento. La leyenda que, con el rostro envuelto en sufrimiento, contagió a un país con su indeclinable tesón. Porque esa medalla de plata tendrá siempre adheridos los destellos dorados que arañó en su afán por vencer al ruso Vladimir Golubnichy.

Plata. Y lo inolvidable del momento: el emotivo ingreso del soldado de tez morena que devora el tartán en el estadio de Ciudad Universitaria, y las miles de gargantas en un grito enfurecido en franco apoyo hacia la victoria.

El soldado humilde que se vio obligado a trabajar desde pequeño. Ése que lo hizo en el área de Transmisiones del Campo Militar; a quien le gustó el basquetbol y el atletismo....

Pedraza: raíces purépechas, cara redonda curtida por el sol, el cabello corto, casqueteado. Y su palabra: "Cuando un chamaco se me acercaba y me preguntaba: `oiga, ¿y cómo ganó su medalla de plata? , yo le contestaba: `Por tarugo mano, porque si me hubiera preparado y entrenado mejor, esa presea pudo haber sido de oro, y yo un campeón olímpico , y la chamacada se botaba de risa".



Sus fascinaciones

Tres eran sus fascinaciones: el basquetbol, las carreras y el Ejército.

Por eso a los 15 años ingresó a Transmisiones y siguió corriendo las distancias largas.

Fue una tarde de agosto, 1964. La vida cambió. Ese día, después de sus labores castrenses, se fue a la pista de tierra del Plan Sexenal. Habría un chequeo con Eligio Galicia, los hermanos Tinoco y otros buenos corredores, sobre la distancia de los mil 500 metros. Pedraza ganó.

Era la primera vez que vencía a Galicia, sin lugar a dudas el mejor en esa prueba. Después del duchazo, todavía feliz, saboreando la victoria, Pedraza y sus compañeros se pusieron el uniforme y regresaban ya al cuartel.

Del Valle Alquicira le invitó a participar en esa peculiar prueba, la caminata. "Usted no sirve para las carreras de fondo, sino para las caminatas", le dijo.

A los 15 días de aquella invitación, Alquicira organizó una competencia: 5 mil metros de caminata. ¡Sorpresa!, los ganó Pedraza con ventaja de 300 metros sobre Márquez de la Mora; Colín llegó tercero y Baños en cuarto lugar.

Cuatro años después, Alquicira, en Ciudad Universitaria, atestiguaba ese inolvidable cierre de la prueba de los 20 kilómetros de marcha en los Juegos de la décimonovena Olimpiada...



Un potrillo hacia la medalla

"No hacía más que correr cuando chiquillo. Sin fronteras. Hasta que me cansaba, correteando animales o por puro gusto. Respiraba aire puro. Me gustaba andar por ahí, desbocado como un potrillo. Era como los niños de rancho: mi mejor juego fue tomar todo lo que la naturaleza nos dio: árboles, campo, piedras, arroyos, animales...".

Y una medalla. Ésta: Y llegó el día olímpico: 14 de octubre. El relato fue del sargento: "Hausleber y yo estábamos seguros de ganar, porque ya había vencido a los mejores, incluido Golubnichy, quien era muy famoso por su bronce en Tokio. Pensamos que la prueba no sería muy difícil, pero nunca calculamos que, al salir del estadio, uno de los andarines me pisaría el zapato. ¡Qué barbaridad! Cuando vi que el grupo se me adelantó como 40 metros, perdí la cabeza. De otro modo, no hubiera cometido el error de eliminar esa desventaja de inmediato, al subir por la rampa para salir del estadio. Ese jalón fue la muerte... Una burrada total.

"Competí tan a lo loco que, al llegar a los primeros cinco kilómetros, ya estaba en la punta, con el grupo en el que se encontraban Golubnichy, Smaga, Reimann, el japonés Saito y el estadunidense Rudy Haluza. Iba al parejo de ellos, pero ni mi respiración ni mis pulsaciones estaban bien y poco a poco fui perdiendo terreno.

"A los 12 kilómetros marchaba en el lugar 12, pero no me encontraba a mí mismo; parecía que no sabía caminar.

"Un grito de Hausleber me hizo reaccionar. Entonces apreté y empecé a mejorar hasta que en el kilómetro 16, pasé al tercer lugar, detrás de los soviéticos. En esos momentos me sentí feliz: `Ya tengo una medalla... Pero voy por más`. Estaba seguro de que los alcanzaría antes de la subida al estadio, pero entonces surgió otro problema: me tropecé antes de la subida y, para no cometer un faul, tuve que hincar la rodilla en el piso. ¡Qué mala suerte!..

"Otra vez, cuando ya los tenía a unos cuantos metros, los soviéticos volvían a escapárseme. Perdí como seis metros, distancia que a esas alturas, es ya muy importante.

"Cuando llegamos al estadio, ellos aprovecharon la bajada. Sabían que yo nunca me había distinguido por ser un buenazo para recorrer las pendientes, así que me vi forzado a dar más y más".

La llegada de los soviéticos a la pista causó estupor. La de Pedraza, un alarido.

La prueba se redujo, ya, a esos 300 metros. El paso firme del militar era como un presagio de que aquella medalla no sería sólo de bronce.

Pedraza atacó con rabia.

Hay quienes dicen que violó los reglamentos de la caminata en esa violenta acometida final. Lo cierto es que reducía la ventaja.

Ya. Es la primera curva. Smaga cede ante el brutal acoso. Es rebasado por Pedraza. Pero va tras él. Y el mexicano tras Golubnichy.

"Cuando pasé a Smaga me dije: `sí puedo, sí puedo` y concentré mi atención en Golubnichy. Sentí que lo alcanzaba. Pude escuchar su muy agitada respiración. Pero en los últimos 50 metros él dio el resto, ése que yo había perdido cuando me pisaron y me desconcentré; ése que se me fue en el tropezón; ése que se me fue en los metros que perdí en la bajada... Y ya no pude alcanzarlo. Quedé a paso y medio de él, con una rabia infinita por no haber sido capaz de ganar".

Golubnichy cronometró una hora, 33 minutos y 58 segundos; Pedraza, una hora y 34 minutos; Smaga, una hora, 34 minutos y tres segundos.

Pedraza agradecía la ovación, pero lo hacía con un lamento interior: Me había preparado para ganar... Y comprendía que esa medalla de plata era la consecuencia de mis propios yerros".

Día 14: su cúspide deportiva. "Hacen faltan medallistas. Podemos tenerlos. Decidámonos". Lo dijo él.


Octubre, 2003

Tuesday, June 13, 2006

De una medalla robada; Bernardo Segura


IMÁGENES DE UNA LARGA TARDE


Ramón Márquez C. y Pedro Díaz G./ Enviados


Sydney.- Imágenes son de una larga tarde.
La tarde del escándalo…
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Mario Vázquez Raña irrumpe furioso en el amplio salón, por el que, a través de un pasillo que forma una greca, los atletas que acaban de competir conceden entrevistas a los reporteros.
Y ahí, al pie de una puerta que da acceso a un pasillo interminable con puertas a ambos costados, empieza una agria discusión. A ella se unen Ivar Sisniega y Felipe Tibio Muñoz. Es fuerte el enfrrentamiento verbal con algunos dirigentes de la Federación Internacional de Atletismo Amateur
-IAAF, por sus siglas en inglés-. Es la discusión que precede a la protesta oficial del Comité Olímpico Mexicano por la tardanza de la IAAF en dar a conocer a Bernardo Segura que no, no era campeón olímpico en 20 kilómetros de caminata, porque había acumulado tres amonestaciones -equivalentes a una descalificación automática.
Todo mundo grita. Todo mundo empuja. Se atropellan las palabras, ecos incomprensibles de sí mismas. A un lado, aún atónito, Bernardo Segura recibe, de un juez, el documento oficial en el que se comunica dónde y cuándo se produjeron las tres amonestaciones.
-Yo no vi a ningún tercer juez -dice el marchista mexicano… -En dado caso, en ese momento debí de haber sido retirado de la pista.
--¿Qué pasa, que está sucediendo ahora?
--En realidad no lo sé -dice Bernardo, ausente su mirada-… Hablan de una tercera tarjeta, dicen que no he ganado, que me descalificaron…Pero no lo han hecho oficial todavía.
A unos metros de ahí, en la vasta sala de prensa en la que desperadamente teclean cientos de reporteros de todo el mundo, anuncia la anónima voz en el altoparlante:
--Atención, señores periodistas: autoridades de la IAAF han confirmado la descalificación del mexicano Bernardo Segura en la prueba de 20 kilómetros de caminata. Robert Korzeniowski es el ganador de la competencia; Noe Hernández es segundo lugar, y tercero Andreyev Vladimir.
--¿Qué están haciendo aquí los funcionarios del deporte mexicano? -preguntan a Bernardo.
--Sé que presentaron una protesta, pero ese tipo de apelaciones nunca prospera - responde, aunque de inmediato abre la puerta a la esperanza:
--Y si me regresan la medalla, qué bueno, porque la merezco.
--¿Y si no?
--Lo peor es que me hayan dejado festejar…
Manos desconocidas tiran de sus ropas.
--Que vengas, que vengas al salón donde se va a producir la apelación -le dicen.
Y se lo llevan.
Se pierde la figura de Bernardo por el largo túnel, caminando de prisa -¿también aquí?-, ahora detrás de los hombres de pantalón largo, que continúan discutiendo acalarodamente.
A unos metros de ahí, Korzeniowski marcó el número telefónico de su casa, en Krakow, Polonia, y comenzó a hablar con su esposa, Agnieszka…Repentinamente, alguien le trajo las buenas nuevas: ya no era medallista de plata, sino de oro. Rompió a llorar. Y dijo entonces a la amada Agnieszka: “Querida, querida, me estoy volviendo loco… Soy el ganador”.
Intermedia:


A UN KILÓMETRO
DE LA META

Sigue texto:

Con frialdad pasmosa lo da a conocer Brian Roe -hombre con cara sin alegrías, sin curiosidad ni expectativa, llena solamente de designios hostiles-, que en esta conferencia de hoy representa a los jueces internacionales de la caminata :
--La tercera amonestación para Bernardo Segura -que determinó su descalificación-, se produjo a jun kiilómetro de la meta.
Eso quiere decir que, cuando menos, y además del propio instante de sancionar por tercera ocasión al anarín mexicano, contaron con once minutos para comunicárselo y evitar que entrara al estadio y se sintiera campeón olímpico. Eso, cuando menos. Hay que agregar todo el tiempo del festejo, la vuelta al estadio, las entrevistas a la televisión, la charla con el presidente Zedillo…Entre cuarenta y cincuenta minutos más.
--¿Y por qué se tardaron tanto para darle a conocer que estaba descalificado?
Incapaz de responder a lo que no tiene respuesta, se pierde Roe por los terrenos de lo absurdo:
--Es que había mucho tránsito. No podíamos acercarnos a él. Y un helicóptero no hubiera podido acercarse al estadio. Había mucha gente en la calle.
Así que en estos tiempos de la cibernética, en los que fueron instalados 45 kiilómetros de cable de fibra óptica para facilitar la comunicación telefónica en el complejo olímpico, en esta época en la que hasta los niños juegan con un walkie-talkie, la IAAF carece de medios para dar a conocer a un atleta que ha sido descalificado.
¿Qué hay de aquellos tiempos en los que, inclusive, el juez que mostraba la tercera tarjeta se interponía entre el corredor y la pista para evitar que continuara avanzando?
--Nosotros podemos tardarnos el tiempo que queramos, el que necesitemos…
Y después se sumergen en un mutis irritante.

Intermedia:

JUSTICIA DIVINA

Sigue texto:

Roe y su cara dura ocupan el extremo izquierdo de una larga mesa en el salón de conferencias. En el extremo opuesto asoma el rostro juvenil y de autóctonas facciones de Noe Hernández. Al centro, las pálidas mejillas del eufórico polaco Robert Korzeniowski dan paso a un marcado arrebol; ha sido casi una hora y media de intensa presión y de ardua competencia bajo los fuertes rayos solares. Su simpatía es natural. Habla con tanta rapidez y en él tantas ideas a la vez, como la fuerza y la tenacidad que emplea en la pista.
Lo presentan como el primer campeón del atletismo olímpico en su versión 2000.
Lo presentan como el ganador, que es, de una segunda medalla de oro. En Atlanta 96 ganó la de la caminata de 50 kilómetros.
Lo presentan, en fin, como el pimer marchista que ha ganado las dos competencias olímpicas de caminata.
El se presenta, a su vez, como ferviente admirador del papa Juan Pablo II y agradece al Creador lo sucedido hoy. “Justicia divina”, dice.
Los azares del destino le han llevado a vivir una extraña coincidencia: en la final de los 20 kilómetros en Barcelona 92, Korzeniowski fue descalificado justo al entrar al estadio. Nadie marchaba a su lado. Era, de hecho, medalllista de plata. Dolorosamente eliminado, vio cómo esa presea iba directa al cuello de un competidor mexicano: Carlos Mercenario.
Ahora todo está de su lado, dice.
--¡No puedo creerlo!… En sólo un segundo pasé de ser medallista de plata a campeón olímpico. La victoria significa que mi preparación física y mental desde Barcelona 92 ha sido muy exitosa. Sufrí una descalificación similar a la de hoy y supe sobreponerme. ¡Esta medalla es la confirmación de mi talento!… -Lo dice con una sonrisa de neón recorriéndolo el rostro anguloso, y con un tono de voz festivo, ausente en él cualquier rasgo de vanidad…
--¿Qué lección le dejó Barcelona 92?
--Que la única regla es no tratar de ir más aprisa en los últimos metros, nunca tratar de dar alcancem a un adversario, porque puedes ser descalificado en los últimos 400 metros sin un aviso previo.
Korzeniowski ha omitido decir que en Barcelona 92 se establecieron dos récords: el suyo, de recibir ¡cinco amonestaciones!, y el de los jueces, de no descalificarlo en cuanto le aplicaron la tercera.
--¿Hará su tercer intento de convertiste en doble medallista en unos mismos Juegos Olímpicos?
Ni duda cabe:
--¡Por supuesto!… Antes de la prueba de hoy pensaba que sería muy difícil intentar repetir la medalla de oro que gané en Atlanta, pero ahora estoy seguro de que mi forma física es buena; ¡estoy en tan buenas condiciones para ganar los 50 kilómetros, que sólo el demonio de Tasmania podría vencerme¡
Pero, por ahora, dice entre risas, basta de entrenamientos y de Juegos Olímpicos.
--Voy a irme, a salir de la Villa Olímpica. Quiero ir a las playas toda una semana, quiero aires nuevos, nuevas motivaciones.
Esa será, sin duda, una de las más curiosas formas de prepararse para una competencia tan agotadora como la de los 50 kilómetros.

Intermedia:

ME DABAN RISA…

Sigue texto:

Después de la catarata oral y tan entretenida de Korzeniowski, el turno es para el difícil discurso de Noe Hernández. ¡Quiere decir tantas cosas!… Pero no llegan las palabras, las ideas se atropellan. Quedan inconclusas las frases… Pero, sobre todo, lo que en él aflora es una extraordinaria sinceridad. Y también hace reir a quienes le escuchan. Le han preguntado -¿alguna vez habrá sido hecha esa pregunta en una conferencia como esta?- si alguna vez soñó con ser medallista olímpico en natación….
--¡Nómbre!… Si allá en mi pueblo -Poza Rica, Veracruz-, nomás nos reíamos de ver cómo se meneaban los marchistas… Me daban risa… Ahí iban, nomás, moviendo de un lado a otro las caderas.
Mezcla los temas en su declaración, y va desde el agradecimiento hasta la narración del gran sacrificio para llegar a Sydney -tengo un año fuera de casa; ya me muero por ver a mi familia”, y luego a la profundidad:
--¿Qué opina de lo sucedido aquí?
--Que es una injuusticia. Yo, la verdad, no debo ser medallista de plata. Soy ganador de la medalla de bronce, porque la de oro pertenece en realidad a Segura. El la ganó en la pista.
--Pero, en fin, ya es usted un ganador olímpico.
--Nunca pensé en ganar aquí. ¿Cómo, si soy un novato, y sabía que me iba a enfrentar a grandes señorones de la prueba? No es fácil vencer a los grandeds campeones, así que hoy me he demostrado a mí mismo que sí, que se vale soñar…
Y cuando ya finaliza la entrevista con la prensa internacional, en el propio estrado se produce otro desagradable batalla, grotesca batalla, en la guerra que sostienen las hijas de doña tele nacional. Los televisos tiran del brazo derecho derecho de Noe; los teleaztecos del izquierdo. Ambos demandan su inmediata presencia. Y comienza el forcejeo verbal entre ellos. “Que decida él mismo”, dice alguien. Y el pobre Noe los mira a los dos sin saber qué hacer ni qué decir, porque esos dos son los ex marchistas, ex medallista olímpicos Raúl González -ahora teleazteco- y Carlos Mercenario -ahora televiso-. A gritos discuten los productores de ambas empresas, hasta que uno sugiere: “Mira, vamos afuera, al palco, para que no nos peleemos”. Y el Charro González, veterano cronista de la radio, los incita, también a gritos y muy divertido: “No, no, mejor sí, peléense… Sí, peleen. A madrazos es la mejor manera de resolver estas diferencias”. Pienso que si hay golpes, el primero va a ser para el Charro. Pero no. No hay golpes. Y mientras en el palco siguen discutiendo los hombres de la tele, el Charro interpone micrófono y grabadora: “Señoras y señores, estamos en Sydney, en vivo, ante Noe Hernández…” Y comienza una entrevista radiofónica histórica, porque los hombres de la pantalla han enmudecido por la sorpresa.

Intermedia:
Yo también soy juez

Sigue texto:

Se informa a la prensa internacional que, de acuerdo con el reglamento de la IAAF, el Comité Olímpico Mexicano ha presentado una protesta formal.
Ya reunidos están los máximos dirigentes de nuestro deporte con los tres miembros del Comité de Apelación -ninguno es de la misma nacionalidad de los atletas aquí involucrados- . El resultado de esa discusión, se dice aquí, será ofrecido en una hora.
Y esa hora coincide justo con la hora en la que ha sido programada la premiación a los marchistas.
Mario Vázquez Raña, quien sería el encargado de entregar las preseas, desiste de hacerlo. Está furioso. En privado discute con el moreno Lamine Diack, presidente de la IAAF. Allá, en uno de los cuartos al fondo del largo pasillo, se pelea con énfasis el destino de una medalla de oro.
Repentinamente se presenta Adrián Navarro, entrenador de Bernardo, pero no puede ingresar al salón de discusiones. Su acreditación, que marca tantas fronteras a quien la porta, no le permite esas atribuciones.
Admite su tristeza:
--…¿O no?… Porque ya eres campeón, ya festejaste, ya te entrevistaron, ya hablaste con el presidente de tu país, y que después te digan que estás descalificado… Aunque todavía no es seguro, porque me dicen que están liberando los jueces, y que una parte de ellos están a favor de Bernardo, por lo tardío de su descalificación. Y, pues… Todavía hay un hilito, una vela prendida.
--¿Y no le parece absurdo, Adrián, que en estas modernas épocas de la cibernética y la comunicación instantánea, un jurado se tarde más de media hora en dar a conocer una descalificación?
--Claro que sí. Es demasiado tiempo. Yo también soy juez internacional y siempre que estamos en una competencia así, de tal envergadura, tratamos de comunicarle inmediatamente al competidor su descalificación, para que no suceda esto, exactamente. Porque sabemos del dolor, la tristeza, todo lo que siente un competidor al saberse descalificado. Ellos tenían medios electrónicos para comunicar las tarjetas, porque vi en el pizarrón que el que ponía las tarjetas traía un micrófono y las estaba comunicando por radio o por teléfono. No pudieron, no debieron haberse tardado tanto tiempo en decirle a Bernardo que estaba descalificado.
--Sea usted juez de sus propios jueces, por favor…
--Definitivamente, se trata de una falta de comunicación efectiva o rápida. De una gran incompetencia, señor.
Ya en el centro de la cancha ha sido instalado el podio.
Ya está casi lista la primera ceremonia de premiación de atletismo en este Sydney 2000.

Intermedia:
¿Y Noe?…

Sigue texto:

Faltan 10 minutos para las siete, la hora marcada.
Por el largo pasillo de verdado acceso para la prensa, camina primero el ruso Vladimir Andreyev.
Instantes después aparece el polaco Korzeniowski
Especulan ingenuamente algunos reporteros mexicanos:
-¿Será que ya les van a comunicar que la medalla ha sido devuelta a Segura?
Perdónalos, Señor…
Pero, ¿y Noe?
Con desesperación repite Felipe Muñoz esa misma pregunta. Como no hay respuesta, es él quien escucha preguntas mil. “¡Busca a Noe inmediatamente!”, ordena a uno de sus subalternos antes de charlar con los periodistas.
Explica:
--No apelamos por las amonestaciones, por la descalificación. Nos mostraron el documento en el que se señala que Daniel fue amonestado a la 1.51 de la tarde, a la 1.59 y a las 2.05 -Daniel cruzó la meta a las 2.09. Y mientras el Tibio habla recordamos las palabras de Korzeniowski: “no tratar de rebasar a un contrario en la parte final de la competencia, porque serás descalificado”-. Respetamos el reglamento. Pero ese mismo reglamento dice que debe ser inmediata la comunicación a un competidor de que ha sido descalificado, y eso, claramente, no sucedió aquí.
Lo demás, dice el Tibio, es cuestión de semántica.
--Ellos se defienden argumentando que el reglamento no específica, en lo que a tiempo se refiere, la palabra “inmediata”… ¡Por favor!, les hemos dicho… La inmediatez no puede ser medida. Es eso solamente: la inmediatez…Pretendemos que esa falta de inmediatez anule el castigo. Es que no es posible: su error afectó no solamente a los Juegos, sino a un pueblo entero, al mexicano, que ya festejaba la conquista de esa medalla.
-¿Y?…
-Será muy difícil. Son ya tres horas de discusión, tres veces hemos apelado, y tres nuevas discusiones han surgido. Pero vamos a seguir peleando...
--Pero ya se aprestan a realizar la ceremonia de premiación.
--Eso no importa. No sería la primera vez en que en unos Juegos Olímpicos las autoridades enmienden un error y pidan a un atleta que devuelva su medalla.
Después apunta:
--Lo importante aquí, mira, es saber que los muchachos tuvieron una excelente preparación. En el trayecto final, entre el grupo de punteros figuraban tres mexicanos. Dos de ellos llegaron a la meta entre los tres primeros. Con descalificación o sin descalificación. Y eso es lo relevante…
De repente reacciona el Tibio:
¿Y Noe? ¿Dónde está Noe?
Nadie lo sabe. Lo cierto es que, de hecho, lo tiene secuestrado Televisa. La entrevista exclusiva, ya usted sabe… El tiempo olímpico puede esperar..

Intermedia:

Ya no hay vuelta de hoja

Sigue el texto:

Ha visto correr a Ana Guevara. Ahora presencia, con cierta expresión de melancolía, la ceremonia de premiación de los 20 kilómetros -¿de qué ríen quienes premian, después del escándalo que pesa sobre los hombros de la IAAF?-. Ahora comenta Ivar Sisniega:
--La forma, no el fondo, es lo que no estuvo bien, y eso se discutió sobre la base del propio reglamento de la IAAF que lo marca, pero tan les costó trabajo tomar una decisión, que fueron más de tres horas de definiciones. Insistimos a sabiendas de que se trataba de una protesta muy difícil de ganar.
--Estás hablando en pasado… ¿Quiere decir que ya se resolvió esto?
--Ya -responde el presidente de la Conade sin el menor gesto de dramatismo-. Ya no hay vuelta de hoja.
--¿Durante esas discusiones se habló de lo que para la IAAF representa el hecho de que casi 3.5 billones de personas que ven estos Juegos por la televisión, y que todo un país haya celerado la conquista de una medalla de oro para que, posteriormente, un grupo de jueces decida que todo eso ha sido falso?
--Sí. Inclusive Mario Vázquez Raña estuvo un rato muy largo con el presidente de la IAAF, y se reconoció que lo sucedido aquí es algo muy grave para la propia IAAF y, lógicamente, para los países afectados. Pero, ya lo sabes, eso es lo discutible de la caminata. Aquí lo desafortunado fue la manera con que se dio. Permitieron a todo un pueblo festejar, le dieron una gtran alegría para después quitársela… Pero hay una algo que no me gustaría que perdiera su auténtica relevancia…
--¿Qué es, Ivar?
--Que todo lo sucedido no nos lleve a menospreciar lo relevante de la medalla ganada por Noe, quien ganó a pesar de su juventud, de su inexperiencia. Eso hay que celebrarlo. Es una medalla de plata con un sabor un poco amargo, pero una medalla de plata ganada a toda ley…
Justo cuando los dos mexicanos del grupo final comenzaron a rezagarse -cuarto y quinto, quinto y sexto, sexto y séptimo, séptimo y octavo--, Bernardo se acercó a Noe. Conversaron rápidamente. Noe asintió con un movimiento de cabeza. Y comenzó la cacería. De flaqueza sacaron fuerza y comenzaron a escalar nuevamente. Cuando a la vista se encontraba ya la majestuosidad del estadio -dicen que en este tramo se produjeron las tres amonestaciones para Bernardo-, y en punta ya quedaba solamente Korzeniowski, Noe se fue detrás suyo hasta rebasarlo y contenerlo un poco. Cuando lo logró, Segura avanzó por fuera y se lanzó a la meta en primer lugar. Se sacrificó, pues.
Lo admitiría el propio veracruzano:
--Yo iba por la de bronce. El plan era que Bernardo ganara el oro…
Así de fácil. Así de naturalmente doloroso es el sacrificio del que viene. Luchar tiene por el que ya se va..
Otra vez lo voz de Ivar, cuando ya muere esta tarde del escándalo y saluda a la noche del escándalo:
--La IAAF tiene muy claro que se equivocaron en cuanto a la imagen que dan al mundo por manejar la caminata de esta manera, y que tienen que pensarlo muy en serio para que no vuelvan a pasar cosas tan penosas, tan lamentables… Cosas que tienen cierto aire de crueldad hacia el deportista.
- - -
Imágenes…
Imágenes finales en la noche del largo día del escándalo:
Bernardo Segura, cariacontecido:
--¿En cuatro años?… No lo sé. No sé si todavía tenga capacidad, fuerza… No sé si todavía tenga el deseo de seguir en esto.
Ivar Sisniega, cariacontecido:
--A ver ahora cómo levantamos el ánimo de la delegación.

De una medalla robada; Bernardo Segura


IMÁGENES DE UNA LARGA TARDE


Ramón Márquez C. y Pedro Díaz G./ Enviados


Sydney.- Imágenes son de una larga tarde.
La tarde del escándalo…
- - - - -
Mario Vázquez Raña irrumpe furioso en el amplio salón, por el que, a través de un pasillo que forma una greca, los atletas que acaban de competir conceden entrevistas a los reporteros.
Y ahí, al pie de una puerta que da acceso a un pasillo interminable con puertas a ambos costados, empieza una agria discusión. A ella se unen Ivar Sisniega y Felipe Tibio Muñoz. Es fuerte el enfrrentamiento verbal con algunos dirigentes de la Federación Internacional de Atletismo Amateur
-IAAF, por sus siglas en inglés-. Es la discusión que precede a la protesta oficial del Comité Olímpico Mexicano por la tardanza de la IAAF en dar a conocer a Bernardo Segura que no, no era campeón olímpico en 20 kilómetros de caminata, porque había acumulado tres amonestaciones -equivalentes a una descalificación automática.
Todo mundo grita. Todo mundo empuja. Se atropellan las palabras, ecos incomprensibles de sí mismas. A un lado, aún atónito, Bernardo Segura recibe, de un juez, el documento oficial en el que se comunica dónde y cuándo se produjeron las tres amonestaciones.
-Yo no vi a ningún tercer juez -dice el marchista mexicano… -En dado caso, en ese momento debí de haber sido retirado de la pista.
--¿Qué pasa, que está sucediendo ahora?
--En realidad no lo sé -dice Bernardo, ausente su mirada-… Hablan de una tercera tarjeta, dicen que no he ganado, que me descalificaron…Pero no lo han hecho oficial todavía.
A unos metros de ahí, en la vasta sala de prensa en la que desperadamente teclean cientos de reporteros de todo el mundo, anuncia la anónima voz en el altoparlante:
--Atención, señores periodistas: autoridades de la IAAF han confirmado la descalificación del mexicano Bernardo Segura en la prueba de 20 kilómetros de caminata. Robert Korzeniowski es el ganador de la competencia; Noe Hernández es segundo lugar, y tercero Andreyev Vladimir.
--¿Qué están haciendo aquí los funcionarios del deporte mexicano? -preguntan a Bernardo.
--Sé que presentaron una protesta, pero ese tipo de apelaciones nunca prospera - responde, aunque de inmediato abre la puerta a la esperanza:
--Y si me regresan la medalla, qué bueno, porque la merezco.
--¿Y si no?
--Lo peor es que me hayan dejado festejar…
Manos desconocidas tiran de sus ropas.
--Que vengas, que vengas al salón donde se va a producir la apelación -le dicen.
Y se lo llevan.
Se pierde la figura de Bernardo por el largo túnel, caminando de prisa -¿también aquí?-, ahora detrás de los hombres de pantalón largo, que continúan discutiendo acalarodamente.
A unos metros de ahí, Korzeniowski marcó el número telefónico de su casa, en Krakow, Polonia, y comenzó a hablar con su esposa, Agnieszka…Repentinamente, alguien le trajo las buenas nuevas: ya no era medallista de plata, sino de oro. Rompió a llorar. Y dijo entonces a la amada Agnieszka: “Querida, querida, me estoy volviendo loco… Soy el ganador”.
Intermedia:


A UN KILÓMETRO
DE LA META

Sigue texto:

Con frialdad pasmosa lo da a conocer Brian Roe -hombre con cara sin alegrías, sin curiosidad ni expectativa, llena solamente de designios hostiles-, que en esta conferencia de hoy representa a los jueces internacionales de la caminata :
--La tercera amonestación para Bernardo Segura -que determinó su descalificación-, se produjo a jun kiilómetro de la meta.
Eso quiere decir que, cuando menos, y además del propio instante de sancionar por tercera ocasión al anarín mexicano, contaron con once minutos para comunicárselo y evitar que entrara al estadio y se sintiera campeón olímpico. Eso, cuando menos. Hay que agregar todo el tiempo del festejo, la vuelta al estadio, las entrevistas a la televisión, la charla con el presidente Zedillo…Entre cuarenta y cincuenta minutos más.
--¿Y por qué se tardaron tanto para darle a conocer que estaba descalificado?
Incapaz de responder a lo que no tiene respuesta, se pierde Roe por los terrenos de lo absurdo:
--Es que había mucho tránsito. No podíamos acercarnos a él. Y un helicóptero no hubiera podido acercarse al estadio. Había mucha gente en la calle.
Así que en estos tiempos de la cibernética, en los que fueron instalados 45 kiilómetros de cable de fibra óptica para facilitar la comunicación telefónica en el complejo olímpico, en esta época en la que hasta los niños juegan con un walkie-talkie, la IAAF carece de medios para dar a conocer a un atleta que ha sido descalificado.
¿Qué hay de aquellos tiempos en los que, inclusive, el juez que mostraba la tercera tarjeta se interponía entre el corredor y la pista para evitar que continuara avanzando?
--Nosotros podemos tardarnos el tiempo que queramos, el que necesitemos…
Y después se sumergen en un mutis irritante.

Intermedia:

JUSTICIA DIVINA

Sigue texto:

Roe y su cara dura ocupan el extremo izquierdo de una larga mesa en el salón de conferencias. En el extremo opuesto asoma el rostro juvenil y de autóctonas facciones de Noe Hernández. Al centro, las pálidas mejillas del eufórico polaco Robert Korzeniowski dan paso a un marcado arrebol; ha sido casi una hora y media de intensa presión y de ardua competencia bajo los fuertes rayos solares. Su simpatía es natural. Habla con tanta rapidez y en él tantas ideas a la vez, como la fuerza y la tenacidad que emplea en la pista.
Lo presentan como el primer campeón del atletismo olímpico en su versión 2000.
Lo presentan como el ganador, que es, de una segunda medalla de oro. En Atlanta 96 ganó la de la caminata de 50 kilómetros.
Lo presentan, en fin, como el pimer marchista que ha ganado las dos competencias olímpicas de caminata.
El se presenta, a su vez, como ferviente admirador del papa Juan Pablo II y agradece al Creador lo sucedido hoy. “Justicia divina”, dice.
Los azares del destino le han llevado a vivir una extraña coincidencia: en la final de los 20 kilómetros en Barcelona 92, Korzeniowski fue descalificado justo al entrar al estadio. Nadie marchaba a su lado. Era, de hecho, medalllista de plata. Dolorosamente eliminado, vio cómo esa presea iba directa al cuello de un competidor mexicano: Carlos Mercenario.
Ahora todo está de su lado, dice.
--¡No puedo creerlo!… En sólo un segundo pasé de ser medallista de plata a campeón olímpico. La victoria significa que mi preparación física y mental desde Barcelona 92 ha sido muy exitosa. Sufrí una descalificación similar a la de hoy y supe sobreponerme. ¡Esta medalla es la confirmación de mi talento!… -Lo dice con una sonrisa de neón recorriéndolo el rostro anguloso, y con un tono de voz festivo, ausente en él cualquier rasgo de vanidad…
--¿Qué lección le dejó Barcelona 92?
--Que la única regla es no tratar de ir más aprisa en los últimos metros, nunca tratar de dar alcancem a un adversario, porque puedes ser descalificado en los últimos 400 metros sin un aviso previo.
Korzeniowski ha omitido decir que en Barcelona 92 se establecieron dos récords: el suyo, de recibir ¡cinco amonestaciones!, y el de los jueces, de no descalificarlo en cuanto le aplicaron la tercera.
--¿Hará su tercer intento de convertiste en doble medallista en unos mismos Juegos Olímpicos?
Ni duda cabe:
--¡Por supuesto!… Antes de la prueba de hoy pensaba que sería muy difícil intentar repetir la medalla de oro que gané en Atlanta, pero ahora estoy seguro de que mi forma física es buena; ¡estoy en tan buenas condiciones para ganar los 50 kilómetros, que sólo el demonio de Tasmania podría vencerme¡
Pero, por ahora, dice entre risas, basta de entrenamientos y de Juegos Olímpicos.
--Voy a irme, a salir de la Villa Olímpica. Quiero ir a las playas toda una semana, quiero aires nuevos, nuevas motivaciones.
Esa será, sin duda, una de las más curiosas formas de prepararse para una competencia tan agotadora como la de los 50 kilómetros.

Intermedia:

ME DABAN RISA…

Sigue texto:

Después de la catarata oral y tan entretenida de Korzeniowski, el turno es para el difícil discurso de Noe Hernández. ¡Quiere decir tantas cosas!… Pero no llegan las palabras, las ideas se atropellan. Quedan inconclusas las frases… Pero, sobre todo, lo que en él aflora es una extraordinaria sinceridad. Y también hace reir a quienes le escuchan. Le han preguntado -¿alguna vez habrá sido hecha esa pregunta en una conferencia como esta?- si alguna vez soñó con ser medallista olímpico en natación….
--¡Nómbre!… Si allá en mi pueblo -Poza Rica, Veracruz-, nomás nos reíamos de ver cómo se meneaban los marchistas… Me daban risa… Ahí iban, nomás, moviendo de un lado a otro las caderas.
Mezcla los temas en su declaración, y va desde el agradecimiento hasta la narración del gran sacrificio para llegar a Sydney -tengo un año fuera de casa; ya me muero por ver a mi familia”, y luego a la profundidad:
--¿Qué opina de lo sucedido aquí?
--Que es una injuusticia. Yo, la verdad, no debo ser medallista de plata. Soy ganador de la medalla de bronce, porque la de oro pertenece en realidad a Segura. El la ganó en la pista.
--Pero, en fin, ya es usted un ganador olímpico.
--Nunca pensé en ganar aquí. ¿Cómo, si soy un novato, y sabía que me iba a enfrentar a grandes señorones de la prueba? No es fácil vencer a los grandeds campeones, así que hoy me he demostrado a mí mismo que sí, que se vale soñar…
Y cuando ya finaliza la entrevista con la prensa internacional, en el propio estrado se produce otro desagradable batalla, grotesca batalla, en la guerra que sostienen las hijas de doña tele nacional. Los televisos tiran del brazo derecho derecho de Noe; los teleaztecos del izquierdo. Ambos demandan su inmediata presencia. Y comienza el forcejeo verbal entre ellos. “Que decida él mismo”, dice alguien. Y el pobre Noe los mira a los dos sin saber qué hacer ni qué decir, porque esos dos son los ex marchistas, ex medallista olímpicos Raúl González -ahora teleazteco- y Carlos Mercenario -ahora televiso-. A gritos discuten los productores de ambas empresas, hasta que uno sugiere: “Mira, vamos afuera, al palco, para que no nos peleemos”. Y el Charro González, veterano cronista de la radio, los incita, también a gritos y muy divertido: “No, no, mejor sí, peléense… Sí, peleen. A madrazos es la mejor manera de resolver estas diferencias”. Pienso que si hay golpes, el primero va a ser para el Charro. Pero no. No hay golpes. Y mientras en el palco siguen discutiendo los hombres de la tele, el Charro interpone micrófono y grabadora: “Señoras y señores, estamos en Sydney, en vivo, ante Noe Hernández…” Y comienza una entrevista radiofónica histórica, porque los hombres de la pantalla han enmudecido por la sorpresa.

Intermedia:
Yo también soy juez

Sigue texto:

Se informa a la prensa internacional que, de acuerdo con el reglamento de la IAAF, el Comité Olímpico Mexicano ha presentado una protesta formal.
Ya reunidos están los máximos dirigentes de nuestro deporte con los tres miembros del Comité de Apelación -ninguno es de la misma nacionalidad de los atletas aquí involucrados- . El resultado de esa discusión, se dice aquí, será ofrecido en una hora.
Y esa hora coincide justo con la hora en la que ha sido programada la premiación a los marchistas.
Mario Vázquez Raña, quien sería el encargado de entregar las preseas, desiste de hacerlo. Está furioso. En privado discute con el moreno Lamine Diack, presidente de la IAAF. Allá, en uno de los cuartos al fondo del largo pasillo, se pelea con énfasis el destino de una medalla de oro.
Repentinamente se presenta Adrián Navarro, entrenador de Bernardo, pero no puede ingresar al salón de discusiones. Su acreditación, que marca tantas fronteras a quien la porta, no le permite esas atribuciones.
Admite su tristeza:
--…¿O no?… Porque ya eres campeón, ya festejaste, ya te entrevistaron, ya hablaste con el presidente de tu país, y que después te digan que estás descalificado… Aunque todavía no es seguro, porque me dicen que están liberando los jueces, y que una parte de ellos están a favor de Bernardo, por lo tardío de su descalificación. Y, pues… Todavía hay un hilito, una vela prendida.
--¿Y no le parece absurdo, Adrián, que en estas modernas épocas de la cibernética y la comunicación instantánea, un jurado se tarde más de media hora en dar a conocer una descalificación?
--Claro que sí. Es demasiado tiempo. Yo también soy juez internacional y siempre que estamos en una competencia así, de tal envergadura, tratamos de comunicarle inmediatamente al competidor su descalificación, para que no suceda esto, exactamente. Porque sabemos del dolor, la tristeza, todo lo que siente un competidor al saberse descalificado. Ellos tenían medios electrónicos para comunicar las tarjetas, porque vi en el pizarrón que el que ponía las tarjetas traía un micrófono y las estaba comunicando por radio o por teléfono. No pudieron, no debieron haberse tardado tanto tiempo en decirle a Bernardo que estaba descalificado.
--Sea usted juez de sus propios jueces, por favor…
--Definitivamente, se trata de una falta de comunicación efectiva o rápida. De una gran incompetencia, señor.
Ya en el centro de la cancha ha sido instalado el podio.
Ya está casi lista la primera ceremonia de premiación de atletismo en este Sydney 2000.

Intermedia:
¿Y Noe?…

Sigue texto:

Faltan 10 minutos para las siete, la hora marcada.
Por el largo pasillo de verdado acceso para la prensa, camina primero el ruso Vladimir Andreyev.
Instantes después aparece el polaco Korzeniowski
Especulan ingenuamente algunos reporteros mexicanos:
-¿Será que ya les van a comunicar que la medalla ha sido devuelta a Segura?
Perdónalos, Señor…
Pero, ¿y Noe?
Con desesperación repite Felipe Muñoz esa misma pregunta. Como no hay respuesta, es él quien escucha preguntas mil. “¡Busca a Noe inmediatamente!”, ordena a uno de sus subalternos antes de charlar con los periodistas.
Explica:
--No apelamos por las amonestaciones, por la descalificación. Nos mostraron el documento en el que se señala que Daniel fue amonestado a la 1.51 de la tarde, a la 1.59 y a las 2.05 -Daniel cruzó la meta a las 2.09. Y mientras el Tibio habla recordamos las palabras de Korzeniowski: “no tratar de rebasar a un contrario en la parte final de la competencia, porque serás descalificado”-. Respetamos el reglamento. Pero ese mismo reglamento dice que debe ser inmediata la comunicación a un competidor de que ha sido descalificado, y eso, claramente, no sucedió aquí.
Lo demás, dice el Tibio, es cuestión de semántica.
--Ellos se defienden argumentando que el reglamento no específica, en lo que a tiempo se refiere, la palabra “inmediata”… ¡Por favor!, les hemos dicho… La inmediatez no puede ser medida. Es eso solamente: la inmediatez…Pretendemos que esa falta de inmediatez anule el castigo. Es que no es posible: su error afectó no solamente a los Juegos, sino a un pueblo entero, al mexicano, que ya festejaba la conquista de esa medalla.
-¿Y?…
-Será muy difícil. Son ya tres horas de discusión, tres veces hemos apelado, y tres nuevas discusiones han surgido. Pero vamos a seguir peleando...
--Pero ya se aprestan a realizar la ceremonia de premiación.
--Eso no importa. No sería la primera vez en que en unos Juegos Olímpicos las autoridades enmienden un error y pidan a un atleta que devuelva su medalla.
Después apunta:
--Lo importante aquí, mira, es saber que los muchachos tuvieron una excelente preparación. En el trayecto final, entre el grupo de punteros figuraban tres mexicanos. Dos de ellos llegaron a la meta entre los tres primeros. Con descalificación o sin descalificación. Y eso es lo relevante…
De repente reacciona el Tibio:
¿Y Noe? ¿Dónde está Noe?
Nadie lo sabe. Lo cierto es que, de hecho, lo tiene secuestrado Televisa. La entrevista exclusiva, ya usted sabe… El tiempo olímpico puede esperar..

Intermedia:

Ya no hay vuelta de hoja

Sigue el texto:

Ha visto correr a Ana Guevara. Ahora presencia, con cierta expresión de melancolía, la ceremonia de premiación de los 20 kilómetros -¿de qué ríen quienes premian, después del escándalo que pesa sobre los hombros de la IAAF?-. Ahora comenta Ivar Sisniega:
--La forma, no el fondo, es lo que no estuvo bien, y eso se discutió sobre la base del propio reglamento de la IAAF que lo marca, pero tan les costó trabajo tomar una decisión, que fueron más de tres horas de definiciones. Insistimos a sabiendas de que se trataba de una protesta muy difícil de ganar.
--Estás hablando en pasado… ¿Quiere decir que ya se resolvió esto?
--Ya -responde el presidente de la Conade sin el menor gesto de dramatismo-. Ya no hay vuelta de hoja.
--¿Durante esas discusiones se habló de lo que para la IAAF representa el hecho de que casi 3.5 billones de personas que ven estos Juegos por la televisión, y que todo un país haya celerado la conquista de una medalla de oro para que, posteriormente, un grupo de jueces decida que todo eso ha sido falso?
--Sí. Inclusive Mario Vázquez Raña estuvo un rato muy largo con el presidente de la IAAF, y se reconoció que lo sucedido aquí es algo muy grave para la propia IAAF y, lógicamente, para los países afectados. Pero, ya lo sabes, eso es lo discutible de la caminata. Aquí lo desafortunado fue la manera con que se dio. Permitieron a todo un pueblo festejar, le dieron una gtran alegría para después quitársela… Pero hay una algo que no me gustaría que perdiera su auténtica relevancia…
--¿Qué es, Ivar?
--Que todo lo sucedido no nos lleve a menospreciar lo relevante de la medalla ganada por Noe, quien ganó a pesar de su juventud, de su inexperiencia. Eso hay que celebrarlo. Es una medalla de plata con un sabor un poco amargo, pero una medalla de plata ganada a toda ley…
Justo cuando los dos mexicanos del grupo final comenzaron a rezagarse -cuarto y quinto, quinto y sexto, sexto y séptimo, séptimo y octavo--, Bernardo se acercó a Noe. Conversaron rápidamente. Noe asintió con un movimiento de cabeza. Y comenzó la cacería. De flaqueza sacaron fuerza y comenzaron a escalar nuevamente. Cuando a la vista se encontraba ya la majestuosidad del estadio -dicen que en este tramo se produjeron las tres amonestaciones para Bernardo-, y en punta ya quedaba solamente Korzeniowski, Noe se fue detrás suyo hasta rebasarlo y contenerlo un poco. Cuando lo logró, Segura avanzó por fuera y se lanzó a la meta en primer lugar. Se sacrificó, pues.
Lo admitiría el propio veracruzano:
--Yo iba por la de bronce. El plan era que Bernardo ganara el oro…
Así de fácil. Así de naturalmente doloroso es el sacrificio del que viene. Luchar tiene por el que ya se va..
Otra vez lo voz de Ivar, cuando ya muere esta tarde del escándalo y saluda a la noche del escándalo:
--La IAAF tiene muy claro que se equivocaron en cuanto a la imagen que dan al mundo por manejar la caminata de esta manera, y que tienen que pensarlo muy en serio para que no vuelvan a pasar cosas tan penosas, tan lamentables… Cosas que tienen cierto aire de crueldad hacia el deportista.
- - -
Imágenes…
Imágenes finales en la noche del largo día del escándalo:
Bernardo Segura, cariacontecido:
--¿En cuatro años?… No lo sé. No sé si todavía tenga capacidad, fuerza… No sé si todavía tenga el deseo de seguir en esto.
Ivar Sisniega, cariacontecido:
--A ver ahora cómo levantamos el ánimo de la delegación.

Tuesday, June 06, 2006

Raúl González, el atleta de México




Ramón Márquez C./ Armando Satow



Los Angeles, California, 11 de agosto de 1984.

Juegos de la vigésimotercera Olimpiada.

Casi las doce horas de este día intensamente caluroso.

Se bailan de sol las tribunas del Memorial Coliseum, Stadium.

Y se espera ya el arribo del ganador de los 50 kilómetros de caminata, nada menos que la prueba más larga y más agotadora de los Juegos.

Allí viene... Camina solitario.

En el jersey blanco está inscrito su número de competidor: 639 con letras mayúsculas: MEXICO.

Y no, no es sólo sudor ese que se desliza por las morenas mejillas y muere en el espeso mostacho.

Observen bien: también es llanto.

Llora el que en unos instantes será campeón olímpico.

De alegría, por supuesto.

¿0 no es así-....

- No precisamente- dice Raúl González, intacto aquel vivido recuerdo.

- Hurguemos-pues, en su interior.

Raúl:

Al acercarme al estadio, sabedor de que dominaba la competencia, de que la victoria estaba tan cercana, me invadió una extraña sensación en la que se mezclaban la alegría del triunfo y una inmensa nostalgia. En esos momentos no podía escuchar los gritos de la gente. Seguía en una lucha interminable por llegar. Al dar la vuelta para entrar al túnel del estadio, no pude contener mi emoción. Nunca había estado en un momento así en mi vida. Recordé aquel coro que mi madre cantaba a mi padre agónico:

Yo sé

Yo sé que el puede

Bendecirme a mí...

Mis lágrimas brotaban suavemente y se perdían en mi cara desencajada y sudorosa. Realizando un esfuerzo máximo, salí del túnel para entrar a la pista. Me encontré con el grito espontáneo y lleno de asombro de los espectadores que llenaban el estadio. Di la vuelta a la pista con el paso lleno de ansiedad por llegar, mientras que la-gente, de pie, aplaudía y no dejaba de gritar. Allí iba yo, al encuentro con mi destino, hundido en mis emociones desbordadas, dando los últimos pasos de muchos miles de kilómetros de entrenamiento para llegar.

En los metros finales me invadió el llanto. Y no pude contenerlo. Al dar el último paso, al cruzar la meta, me cubrí la cara con las manos y luego levanté los brazos al cielo para dar a Dios las gracias por todo... Por todo eso que sentí en ese instante. Por todo eso que El me permitía vivir tan intensamente... ¡Lo había logrado y no lo creía! ¡No podía creer lo que estaba viviendo!

Por fin.

Raúl González: campeón olímpico.

Quince años después de haber tomado aquella decisión de convertirse en competidor de caminata.

Doce años después de haber participado en sus primeros Juegos Olímpicos: Munich 72.

Y siguieron Montreal 76 y Moscú 80.

La cita con la historia se cumpliría en Los Angeles.

Era la cuarta oportunidad. La última...

Hacía apenas una semana que Raúl había conquistado la medalla de plata en los 20 kilómetros.

Pero, filosofa... La medalla de plata es importante, más no es sino sólo un premio al esfuerzo del deportista; es la de oro la que consagra.

¿Cuántas historias hay detrás de una sola medalla de oro?

¿Cuántas fechas?...

FECHAS HISTORICAS

Raúl nació el 29 de febrero de 1952 en China, Nuevo León, pueblo de largas temporadas de calor y de sequía. Tierra de campesinos que aman la esencia misma de la vida y la cultivan a pesar de la adversidad.

Infancia humilde aquella, pero plena de felicidad en el rancho de los abuelos. Había que hacer labores de casa, estudiar y cuidar el rebaño de cabras del abuelo, aquel hombre forjado a la antigua, tan duro pero tan humano. Era de sus cabras de donde salía aquel dulce de leche que hacía la abuela, quien, al caer la tarde, se metía a la cocina y preparaba aquellas suculentas empanadas de carne.

La vida se hizo más difícil cuando don Heriberto González Quintanilla decidió que la familia se mudaría a Río Bravo, Tamaulipas, en la frontera norte del país, para incorporarse a la pizca del algodón. El padre de Raúl construyó una casita con lámina de cartón en las afueras del Río Bravo, en aquel entonces un ejido. Ahí vivieron por varios años.

Raúl:

- Y conforme mejoraba nuestra situación económica, también aumentaba el número de mis hermanos.

Cuando se agotaron los campos de algodón, don Heriberto se contrató. como bracero. Y así, juntó un pequeño capital que le permitió instalar un modesto taller mecánico.

Mientras tanto, Raúl había culminado su primaria y allí, en Río Bravo, cursó la secundaria y la preparatoria. Mostraba ya su profundo interés por el deporte. Había practicado el boxeo, el beisbol y el futbol, pero lo que le apasionaba era la carrera.

Raúl:

Había descubierto que lo que más me gustaba no eran los deportes de conjunto, sino los individuales, en los que todo depende de uno mismo, en los que el que invierte esfuerzo y corre los riesgos es solamente uno y en los que, los malos resultados no se comparten.

Opté pues, por correr... Porque era como luchar contra mí mismo, contra mis errores mis defectos...

Septiembre de 1969:

En contra de la opinión de su padre quien insistía a su hijo en que permaneciera en Río Bravo y le ayudara en la conducción el taller mecánico- y con la bendición de su madre, doña Felipa Rodríguez, Raúl decidió viajar a Monterrey e ingresar a la Universidad Autónoma de Nuevo León para estudiar la carrera de ciencias Físico-matemáticas. Se fue sin recursos económicos y sobrevivió gracias al auxilio de un grupo de amigos. Pero no había dinero ni para el camión. Así que las caminatas diarias, para ir y regresar, de casa a la UANL, eran de varios kilómetros.

¿Acaso una premonición

Tal vez... Porque, aprovechando el fin de semana del 16 de septiembre e invitado por el profesor Guadalupe Hernández -quien fue su maestro de educación física en la secundaria una carrera en Río Bravo para celebrar el aniversario de la Independencia, Raúl -viajó a casa y se inscribió en el certamen. Pero ¡oh sorpresa!, ya en la línea de arrancada, el profesor Hernández se acercó a los competidores y les dijo: "Muchachos, esta prueba será de caminata, de tres kilómetros aproximadamente".

Raúl:

- Y sin dejarnos salir del asombro, se apresuró a hacer una demostración de la técnica de la marcha y luego dio inicio a la competencia.
Ya estando allí, pues no me quedó otra que participar. Gané, para mi sorpresa y con una buena ventaja.
El primer paso había sido dado. Raúl se enfilaba ya hacia su destino.

Lo demás sucedió a un ritmo vertiginoso, aún en contra de los deseos de Raúl, quien insistía en correr, no en caminar. El profesor Daniel Garza Moreno, responsable del atletismo en la UANL, advirtió desde ya, las disposiciones naturales de Raúl para la caminata y le insistió en que era ésta su prueba. Después lo hizo miembro del equipo atlético de la universidad y así, apenas a los diez meses de haber descubierto la marcha, Raúl ganó el Campeonato Nacional Juvenil, en Oaxtepec y llamó poderosamente la atención. del polonés Jerzy Hausleber, entrenador del equipo nacional, quien lo invitó a formar parte de la preselección. Así que, cuando todavía no se adaptaba al cambio, Raúl empacó nuevamente y el 6 de enero de 1971 se hizo así mismo una promesa: "Volveré sólo como un triunfador" y viajó otra vez en precaria situación económica, a la ciudad de México y se metió en el Centro Deportivo Olímpico Mexicano, a pesar de que durante 15 días no hubo lugar para él.

Ya estaba allí, al lado de los famosos marchistas mexicanos!.

Ya estaba, allí en ese nuevo mundo. De ilusiones... Y también de crudas realidades.

Raúl:

- Cuando ingresé al grupo de caminata, me propuse no sólo ocupar un lugar dentro de él, sino ser el mejor. Por eso me gustaba estudiar y aprender también de lo que hacía. Era un fanático del aprendizaje de todos los aspectos técnicos. La caminata me absorbió. El entrenamiento era muy pesado. Y continuar con mis estudios me era cada vez más difícil: andaba de una escuela a otra y no podía darle continuidad a mis estudios de físico-matemáticas, por más que lo intentaba.

Acerquémonos llevados por Raúl a un día cualquiera en la vida de un andarín:

- En caminata, una sesión de entrenamiento es algo especial. Algunas se prolongan por varias horas y uno se queda solo, con todo el tiempo para pensar, para motivarse y para analizar constantemente su desarrollo. A veces salíamos al despuntar el alba y regresábamos entre la una y las dos de la tarde, dependiendo del lugar donde se hubiese realizado el entrenamiento. Apenas teníamos tiempo para nadar un poco antes de comer y así desintoxicar los músculos. Al término de cada comida teníamos el tiempo necesario para realizar la segunda sesión de entrenamiento, que era normalmente de 4 a 5 de la tarde, con 10 kilómetros diarios de aflojamiento en forma suave. Después se imponía el masaje, luego de un baño de tina con agua caliente para relajar aún más los músculos. Y ya llega la hora de la cena y a dormir para recuperase y poder enfrentar el entrenamiento del día siguiente. Muchos fueron los días en los que me repetí con insistencia durante las prácticas: "Tengo que llegar más allá de donde los demás han llegado". Tanto me lo repetía, que se me hizo una costumbre y un hábito para todas las cosas que emprendo. Siempre he querido ser el mejor en lo que hago y sé bien, bien que lo sé, que para llegar a serlo no basta con desearlo...

Acción...

Tercer lugar en el Campeonato Centroamericano -Kingston, 1971- y buenos resultados en una gira de competencias del equipo nacional por Estados Unidos.

Y en el Campeonato Nacional - en esa ocasión considerado como eliminatoria oficial para los Juegos Olímpicos de Munich 72 falló en su prueba: la de los 20 kilómetros y tuvo que realizar un esfuerzo titánico para clasificar como campeón, en la de los 50.

Munich 72...

Raúl:

Se cumplía la primera ilusión de mi vida. Participar en unos Juegos Olímpicos representaba, a mis 20 años, un sueño cristalizado, una primera meta lograda a base de esfuerzos y una inmensa necesidad de ser alguien... De ganar.

Registró, en Alemania, un tiempo de 4h 26' 13": vigésimo sitio. Aceptable, en virtud de su novatez.

Pero no para él:

- Esa incapacidad para lograr un mejor puesto me dejó una insatisfacción y una amargura que no pude digerir durante mucho tiempo. Me decía a mí mismo: "hay a quienes no nos gusta ser perdedores; no hay razón para ser perdedor... ¿Por qué tengo que ser así?

Tengo derecho a estar en el podio de los vencedores". Desde ese momento supe que un lugar allí se conquista con mucho trabajo, con perseverancia, con esfuerzo, con tiempo....

A fines de 1972 y cuando se volcaban las críticas contra aquella delegación mexicana en Munich -sólo el boxeador Alfonso Zamora regresó con una medalla de plata. Raúl volvió a Monterrey, donde el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores le brindaba, a través de una beca, la posibilidad de terminar licenciatura de físico-matemáticas. Pero ya nada podría apartarlo de su pasión: la Competencia. Así que meses después tomó la decisión más importante de su vida: abandonó el Tecnológico y regresó al Centro Deportivo Olímpico Mexicano. Se trazó una meta irrevocable: ser campeón olímpico.

Pero no sería sólo un competidor más.

Dice Raúl:

- Al conversar con alguien, me gusta hablar del valor y del sentido social del deporte en general. Comprendí que la sociología del deporte era un tema que me apasionaba; por tal motivo, leía todos los libros que podía conseguir al respecto. Lo había decidido: sería hombre de deporte, del deporte y para el deporte.

1973:

Raúl González mejora todas sus marcas. Es campeón nacional en 20 kilómetros.

En el otoño europeo sorprende a la crítica italiana, al finalizar segundo en el Giro di Roma apenas a unos metros del alemán Bernd Kannenberg, campeón olímpico en Munich y poseedor de los récords mundiales de 20 y 50 kilómetros... En Inglaterra vence a los locales en la distancia de 10 kilómetros.

1974:

Medalla de oro en la prueba de los 20.11 kilómetros de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Santo Domingo, donde conoce a una linda chica: Yvette quien ahora es su esposa y madre de sus tres hijas. Después, nueva gira exitosa por tierras europeas.

1975:

Sobrevienen algunas lesiones y Raúl es superado en la eliminatoria de los 20 kilómetros. Daniel Bautista y Domingo Colín son los representantes de nuestro país en los Juegos Panamericanos que se disputan aquí. Y como la prueba de 50 kilómetros no es programada, Raúl se convierte en un espectador más de los Juegos. Viaja a Santo Domingo, en noviembre, y contrae nupcias con Yvette. Decide vivir en Toluca, para realizar ahí la parte fuerte de su preparación con miras a los Juegos Olímpicos de Montreal 1976.

La primera batalla es en México porque en virtud de que la prueba de los 50 kilómetros poco es programada en Montreal, seis andarines mexicanos, clasificados todos entre los diez mejores de¡ mundo, disputarían tres lugares en el equipo. Se imponen Daniel Bautista -ganador, a la postre, de la medalla olímpica de oro- Raúl González -quinto sitio- y Domingo Colín -descalificado-.

Raúl:
- Mi especialidad eran los 50 kilómetros, pero las justificaciones no valen cuando lo que se quiere es ganar.
Dos Juegos Olímpicos: Dos frustraciones.

1977:
Dos ligeros desmayos.

El primero, al intentar bajar en la prueba de los 50 kilómetros -campeonato nacional- la marca de las 3 horas y 50 minutos.

El segundo: "ya no puedo más... ¿Acaso debo retirarme?"

Sólo para encontrar el aliento de Hausleber:

- No quisiera que terminaras de esta manera tu carrera deportiva; me gustaría que la dejaras después de una buena actuación que compense el tiempo de trabajo; debes de luchar por seguir adelante y retirarte de otra forma y con satisfacciones..

Ya se disipa la sombra. Hacia adelante con renovados bríos.
Exhaustivo entrenamiento en Bolivia, al lado del Titicaca y en aquella escondida pista de aterrizaje, entre víboras y nubes de moscos.
Y triunfos como en cascada:

25 de septiembre: Primer Lugar en Milton Keynes, en la Copa Lugano, con registro de 4h. 04'16". El equipo mexicano de caminata que barre en esa competencia, recibe el Premio Nacional del Deporte.
1978:
25 de abril:
Primer lugar en la Semana Internacional de Caminata, en el autódromo de la Ciudad Deportiva. Tiempo: 3h.45'52". ¡Marca mundial en los 50 kilámetros!, superando el registro del alemán occidental Bernd Kannenberg, cappeón en Munich 72.

19 de mayo: Primer lugar en la prueba de pista, en Bergen, Noruega: 3h.52'23".

11 de junio: Nueva marca mundial, ahora en la competencia internacional- de Praga a Prodebady, la justa más tradicional y antigua de la caminata en Europa: 3h.41'19", con registros mundiales en 25, 30, 35 y 40 kilómetros.

Agosto: Plata en los 20 kilómetros de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Medellín, Colombia-, superado sólo por Daniel Bautista.

Noviembre: el presidente José López Portillo le otorga el Premio Nacional del Deporte.

1979:

Principios de año: Raúl externa su deseo de participar en las dos pruebas de caminata. Jerzy Hausleber se opone. Aduce que es difícil abarcar ambas competencias. Y más aún cuando en 20 kilómetros destacan Bautista y Colín. Inconforme pero disciplinado, González acepta competir sólo en los 50 kilómetros en los Juegos Panamericanos de San Juan, Puerto Rico, donde alcanza el primer lugar. Posteriormente, repite la victoria en la Semana Internacional en esta ciudad y luego abandona, en el kilómetro 33, en Valencia, España. No obstante, días después, 25 de mayo, implanta en Bergen, récord mundial en pista, que aún persiste: 3h.41'39".

A continuación, decide establecer un nuevo registro mundial en la Copa Lugano, en Eschborn, Alemania Federal. Imprime un ritmo tan veloz a la competencia, que decae en los últimos kilómetros. Finaliza en cuarto lugar. Martín Bermúdez y Enrique Vera hacen el 1-2.

1980:

Marzo: nuevo triunfo en la Semana-Internacional. Dos más: en Rhede, Alemania Federal y en Bergen, con excelente registro de 3h.43'5l".

Se ha cumplido otro ciclo olímpico.

Se encuentran ya a la vista los Juegos de Moscú.

Todo mundo esperaba cuatro medallas.

¿Gran victoria?

No; debacle total.

Moscú fue sólo el escaparate de las dificultades que habían dividido, que habían desarticulado al equipo de caminata más poderoso de todos los tiempos.

Todo comenzó meses atrás, cuando la proyectada etapa final de entrenamiento, en Bolivia tuvo que ser cancelada por la inestabilidad política existente en aquel país. Desesperado y contra toda lógica, Hausleber decidió un viaje a última hora, a Puno, en el Alto Perú. Las opiniones se dividieron. Era peligroso experimentar en un lugar desconocido. Pero Hausleber cumplió con su objetivo. Y en la madrugada de un viernes de julio, el equipo mexicano de caminata partía hacia Puno, donde llegaría cinco días después de un accidentado viaje, en el que los retrasos de las líneas aéreas provocaron pérdidas de conexiones... Y valiosos días que deberían de haber sido aprovechados en intenso entrenamiento, fueron invertidos en escalas sin fin. El viaje final, de Arequipa a Juliaca, fue a bordo del famoso tren Transandino.

Raúl:

- El tren me recordó aquella época de la Revolución Mexicana, con sus bancas de madera, lleno de gente inca y aymará, pobladores del Alto Perú. Con nuestra ropa y maletas deportivas, poníamos una nota discordante, frente a sus atuendos típicos y sus bultos. Era una noche fría de crudo invierno. La temperatura llegaba a los 12 grados bajo cero. Nos cubríamos con todo lo que fuera posible y, como el boletaje estaba sobrevendido, no pudimos ni sentarnos: tuvimos que acomodar nuestras maletas en el piso y tratar de dormir sobre ellas. El trenecito sudaba la gota gorda para subir: patinaba por tanta carga y por el exceso de hielo en las vías. Por la ventanilla entraba el reflejo de la luz de una hermosa luna llena al caer sobre los blancos picos de la Cordillera de los Andes.

Hubo que trabajar horas extras y bajo gélidas temperaturas a las que, obviamente, el grupo no estaba acostumbrado.

Y llegaron las lógicas lesiones.

Ernesto Canto (20 kilómetros) y Enrique Vera (50) tuvieron que ser excluidos definitivamente del grupo. La responsabilidad de competir en las dos pruebas recayó en Raúl y en Bautista, quienes, por supuesto, no estaban adecuadamente preparados para ello.

Se había roto totalmente, la armonía entre los andarines.

Raúl:

- En medio de ese ambiente tan tenso llegamos a México y dos días antes de partir a Moscú, al profesor Hausleber se le ocurrió realizar una prueba de chequeo en Yautepec, con intenso calor y mucha humedad. Los resultados fueron pésimos, esencialmente en virtud del excesivo desgaste de entrenamiento y a nuestras luchas internas. Ese día, por la tarde, Hausleber ordenó otra revisión, en el autódromo, ahora a una distancia de 35 kilómetros. Demasiado ¡lógico. Hausleber mostraba que no sólo había perdido el control sobre el grupo, sino sobre sí mismo. Esas pruebas resultaron contraproducentes: lo poco que ganamos en Puno lo perdimos en Yautepec. La inseguridad era extrema.

Resultados:

Moscú 80: debacle total en los 20 kilómetros: Domingo Colín fue descalificado en el kilómetro 12 y Daniel Bautista a escasos dos kilómetros de la meta. Raúl ocupó el sexto sitio.

Y todavía faltaban los 50 kilómetros...

Raúl:

- Después de aquello tratamos de recuperarnos, pero el daño era irreversible. La ruptura con el entrenador fue total. Aún así, cada uno de nosotros abrigaba la esperanza del desquite. Fue imposible...

Martín Bermúdez fue descalificado y Daniel lo abandonó. González permanecía en la lucha y en el kilómetro 30 iba al frente, disputando el liderato con el alemán Hartwig Gauder. Pero.

Raúl:

- Ya cerca del kilómetro 35, empecé a sentir que la vista se me nublaba, como presagio de un agotamiento del cual no me recuperaría. Aquello era angustioso, desesperante. Quedaba ahí como único competidor mexicano, resistiéndome a desfallecer. Pero en el kilómetro 42 ocupaba ya el último lugar. De pronto, sentí que dos personas me tomaban por los brazos: me subieron a una camilla y me condujeron al servicio médico en los sótanos del Estadio Olímpico. Escuchaba a lo lejos los aplausos y los gritos para los jugadores. Y sin poder contener las lágrimas aparecieron en mis ojos. Fue frustrante: nadie de la delegación mexicana acudió a mí. Salí solitario de los servicios médicos sin que nadie me tendiera la mano o me dijera algo reconfortante. Anímica y moralmente me encontraba por los suelos.

Lo de Moscú no fue sino una consecuencia del exceso de confianza, de la soberbia y de la inmadurez del equipo; la simple suma de toda una endeble estructura deportiva. desde el dirigente hasta el atleta, pasando por el entrenador. ¿Culpables-... ¡Todos, en alguna medida!

Pasados unos meses y decidido a no quedarse con ese sabor amargo de la derrota y no obstante su precaria situación económica, Raúl reinició todo.

Pero, ¿cómo-...

Primera oportunidad:

El Instituto Nacional del Deporte le ofreció una beca para hacer un curso sobre organización deportiva en Alemania Democrática.

Recuerda Armando Satow, quien también tomó ese curso:

- Salimos en noviembre. Hacía un frío imposible para nosotros: oscilaba entre los 15 y 20 grados bajo cero. No obstante, cada día antes de clases, entre seis y siete de la mañana, Raúl tenía la motivación para salir a caminar a la pista, cubierta de nieve: 50 centímetros de, espesor. Después de una hora, desde las alturas de la escuela se podía contemplar el perfecto óvalo trazado por su caminar. Me decía: "Esto no puede terminar así... Tengo que volver. Tengo que buscar una medalla olímpica" .

1981:

Raúl se ha reintegrado al grupo de caminantes que inicia la preparación para los compromisos de ese año. Crecía entonces un rumor: que Hausleber y dirigentes de la Federación Mexicana de Atletismo y del Comité Olímpico Mexicano eliminarían a los andarines que habían competido en Moscú.

Lo intentaron, en el que la historia recoge como uno de los más controvertidos anuncios hechos en el deporte nacional.

El 10 de febrero y a solicitud de Jerzy Hausleber, la FMA convocó a una conferencia de prensa para dar a conocer un documento oficial: El reporte de Moscú firmado por el polaco y avalado por sus ayudantes, José Alvaro y Juan Hernández, el siquiatra Eugenio Barbera y el doctor Esteban García.

He aquí el juicio que se hacía a Raúl:

Raúl González: quinto lugar en los juegos Olímpicos de Montreal en 1976 y sexto lugar en Moscú en 20 kil6metros. Poseedor de varios récords mundiales en distancias largas.

Cada año improporcional de acuerdo a su preparaci6n, más y más débil síquicamente, siempre amargado, incontento y neurasténico. Gran atleta en competencias fáciles y más fracasante en las pruebas importantes donde existe demasiada presi6n nerviosa. Comienza a competir en el principio muy rápido, quiere huir de los otros competidores y por su propio nerviosismo después se truena física como síquicamente o se retira del certamen. Neurosis de este tipo cada año se ve aumentar más y más. Además el mencionado atleta tiene muy elevado y enfermo amor propio y está buscando ridículas excusas, culpando de su fracasos a todo el mundo. No obedece consejos, especialmente si se trata de planes tácticos durante las competencias.

En todos sus fracasos estuvo cubriéndose con disculpas. Por su espíritu conflictivo, mal y falso carácter, no tiene futuro en el deporte como atleta, entrenador o dirigente. Es un elemento negativo para la sociedad Se propone BAJA DEFINITIVA.

En el juicio que se hace extensivo a otros andarines, se dice de que son chantajistas, neuróticos y sicópatas... "Un cáncer que hay que extirpar lo más pronto posible".

Ante esta grave acusación pública Raúl presentó una demanda por difamación. Intervino de inmediato el presidente del Comité Olímpico Mexicano y, a los pocos días, Eutiquio del Valle Alquicira, presidente de la FMA, fue removido de su cargo. Raúl quedó fuera del CDOM y del equipo de caminata, pero no del deporte: sería un atleta independiente; dependería de sí mismo, de sus propios conocimientos y de sus habilidades para sobrevivir financieramente.

Sería pues, un solitario.

Un reto al sistema.

Hausleber y la Federación Mexicana de Atletismo acordaron con obvias intenciones que la eliminatoria para la Copa Lugano de 1981 sería en Montreal. Raúl acudió a ella, con recursos limitados pero con fe inquebrantable. Y ganó los 50 kilómetros. Competiría en la Copa Lugano fuera del equipo nacional, que contaba con el apoyo económico del COM.

Después recurrió a la amistad del doctor Salvador Garayzar y del fisiatra Arturo Alfaro y entre los tres diseñaron un plan de preparación para que Raúl acudiese a aquella Olimpiada californiana que se veía tan remota: a tres años de distancia. El andarín permaneció solitario -no había recursos que le financiaran la presencia de cualquier tipo de ayudante o asesor- tres semanas en su campamento de altura, en Bolivia.

Septiembre: Copa Lugano en Valencia, España.

Día de terrible calor en la pista de El Saler; temperatura muy similar a aquella del año pasado, en tierras moscovitas. Raúl sale en punta. La conserva. Poco a poco van quedándose atrás los otros competidores. Sólo el alemán Gauder, campeón olímpico en Moscú, aguanta la presión. Kilómetro 30: Raúl fuerza el paso. Kilómetro 35: Gauder se rezaga 10 metros. Kilómetro 40: la ventaja de Raúl es ya de 100 metros. Kilómetro 45: ahora es de 450 metros. Kilómetro SO: la diferencia se ha abierto hasta los 800 metros. Raúl registra 3h.48'3O" y todo mundo se pregunta: ¿Y qué fue entonces lo que sucedió en Moscú?

Raúl:

Después de Valencia fui invitado a reinte¡grarme al grupo de Hausleber, pero no acepté. Decidí que tenía que enfrentar solo toda la responsabilidad; si fallaba, sería yo el único culpable; si ganaba, el mérito sería sólo mío y de la gente que me ayudara.

1982:
Año en el que se traza el nuevo programa técnico y médico. Y hay algunas competencias: gana sin dificultades los 50 kilómetros en la Semana Internacional; luego asiste a una gira por Europa y, en virtud de una lesión muscular, abandona en Praga-Prodebady. Tiempo apenas para recuperarse y ya está en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en La Habana, donde gana medalla de plata en los 20 y en los 50 kilómetros.

1983:

Año preolímpico.

Resultados positivos:

-Triunfo en la Semana Internacional de Caminata, con el mejor registro en la Ciudad de México: 3h.45'23" y segundo lugar en los 20 kilómetros; nueva victoria en la prueba PragaProdebady; noveno lugar en 20 y quinto en SO, en el campeonato mundial, en Heisinki; oro y plata en 50 y 20 kilómetros en los Juegos Panamericanos de Caracas Y. finalmente el 25 de septiembre, el tercer título en la Copa Lugano: en Bergen registra 3h.45'36" y supera por más de un minuto a los soviéticos Yung y Dorowski.

Raúl:

- El haber vencido a los mejores marchistas de los 50 kilómetros me daba confianza. Me había dado cuenta de muchas cosas. Y de que ganaba sobre todo, en experiencia. lo importante era traducirlas, plasmarlas en un nuevo programa para 1984.

En noviembre, Raúl, conoció al sicólogo Ernesto Bolio y de inmediato lo invitó a formar parte del grupo que lo preparaba.

1984.

Año olímpico.

Entrenamiento arduo, con más de 60 ascensos al Popocatépetl y, posteriormente, cuatro semanas en Bolivia, con intensas sesiones matutinas y vespertinas.

Y una pena: su padre, que permanencia en Río Bravo, tuvo que ser trasladado de emergencia a la ciudad de México, gravemente enfermo. Raúl recibió la terrible noticia de que la operación a que sería sometido don Heriberto sólo aplazaría un poco la cita fatal con la dama de blanco.

El tiempo de Raúl se fragmentó: entrenamientos, familia, visitas al hospital 20 de Noviembre para ver a su padre enfermo...

Hasta que un día, don Heriberto pidió que le suspendieran el tratamiento: que le permitieran volver a casa. Quería pasar allí sus últimos días.

Raúl:

- Así que un día de marzo mi madre se lo llevó. Con profunda pena los vi partir. Anticipaba perfectamente el desenlace final y sin embargo, no podía hacer nada. Llorando escuché aquellas palabras de mi padre en el momento de la despedida: "¡No te pierdas!... ¡Tienes poco tiempo!".

Raúl derrotó en la Semana Internacional en Guadalajara, a los dos más poderosos rivales, en los 20 kilómetros: Ernesto Canto y el checoslovaco Pribilinec. Y días después en el circuito Reforma, en Ciudad de México, conquistaría también los 50 kilómetros.

Raúl:

- Más que los triunfos, en aquellos momentos me sentía feliz porque ya tenía capacidad de recuperación para enfrentar las dos pruebas olímpicas.

Y de repente se fue... Se fue don Heriberto.

Raúl:

- Es angustioso ver cómo se nos va un ser querido, sin remedio. Mi madre, fiel compañera, lo atendía, estaba cerca de él en todo momento, física y espiritualmente. Lo alentaba a entregarse a Dios y a no tener miedo a la muerte. Unos días antes de su fallecimiento hablé con él y me dijo: "Sigue adelante, hijo, por mí no te detengas. Ya estás muy cerca. Sólo le ¡pido a Dios que pueda ver tu triunfo por televisión".

Fue un anhelo frustrado.

Don Heriberto falleció el 10 de junio. Faltaban ocho semanas para que su hijo afrontara su primer gran reto en Los Angeles 84: la prueba de los 20 kilómetros.

La cual fue una lucha frontal desde el principio. Varias vueltas a la pista antes de salir del estadio; seis vueltas al circuito y regreso al estadio. El canadiense Leblanc se adelanta y se sostiene en punta durante un buen trecho, seguido tenazmente por un compacto grupo de 8 o 10 rivales. Kilómetro 10: ya nada más hay tres, de hecho, en la competencia por las medallas: el italiano Damilano, Raúl y Ernesto Canto. Mauricio no cede: defiende, nada menos, el título olímpico conquistado cuatro años antes en Moscú. Llega una amonestación para Canto, quien insiste en ir al frente.

Cuando Raúl alcanza a sus dos adversarios, justo en el kilómetro 16, Canto es amonestado por segunda ocasión...

Raúl:

- Lo he dicho en muchas ocasiones y es algo de lo que no me arrepiento: decidí no presionar a Ernesto porque sabía que por la televisión millones de mexicanos veían la prueba. Deseaba que todos observaran que el interés del equipo debe estar por encima del personal. ¿Qué hubiera pasado si presiono a Canto y éste es descalificado-... ¡No me lo perdonarían todavía! Ni yo mismo si México hubiera perdido una medalla.

- No lo niego, deseaba el oro. Pero decidí tronar primero a Damilano y después ir por Ernesto, pero sólo hasta el final. Acabé pues, con el italiano, pero ya no pude dar alcance a Ernesto. Fue angustioso ese kilómetro final, al ver que tendría que resignarme con la medalla de plata...

Armando Satow lo entrevistaría 24 horas antes de la competencia. Dijo Raúl, en la Villa Olímpica:

- He deseado tanto la medalla de oro, que en estos momentos es difícil decidir cuánto representa para mi el conquistarla. Podría decir que significa todo. Que es la mayor justificación y que por ella he dado los mejores años de mi vida... Sí, lo puedo decir: o es ahora o no lo será nunca.

- ¿De algún modo la medalla de plata resarce los sacrificios en el largo camino

- En parte sí. No dejo de pensar en aquellos momentos en los que dos de nuestras banderas estaban en lo alto por el 1-2 que conquistamos Ernesto y yo... Pero no hay nada comparable con saberse ganador de la medalla de oro. La gloria está del lado de los vencedores; de los que obtienen el primer lugar.

Sin duda habrá pensado en la eventualidad de una derrota.

Desde luego, ¿porqué no- Soy humano y sé que todo tiene un límite. Y que los rivales también se prepararon, como yo, para ganar... Todos me conocen. Saben que tengo virtudes y defectos y yo sé que mucha gente desea fervientemente que fracase, pero a todas las personas que han confiado en mí y que me han apoyado, prometo que no desaprovecharé este momento...

DE CUANDO TODO
LO QUE RELUCE ES ORO


Llegó el día: 11 de agosto.

Que narre Raúl aquellos momentos de gloria.

- Aquella mañana me invadía una seguridad total de que en esta ocasión, al final de la prueba, sería gracias a mí que ondearía nuestra bandera en lo alto; que nuestro himno sería escuchado... Que yo estaría en el lugar de honor del podio.

Me desperté, después de un plácido sueño, como a las 5 de la mañana, me di un duchazo de agua helada y tomé un desayuno rico en calorías: pan tostado con mermelada de fresa, café con crema, un plato de cereal con 50 gramos de miel de abeja. Luego me vestí con toda paciencia y después del calentamiento, tomé dos vasos de agua preparada para evitar una deshidratación prematura. El juez de salida llamó a todos para las indicaciones finales; la tensión y el nerviosismo llegaban al máximo...

Ya.

El disparo de salida.

Cinco vueltas a la pista, 18 al boulevard de Exposition y regreso al estadio.

- Al momento de salida me fui adelante, en compañía de Martín Bermúdez. Sería mi día empecé muy bien, con control, marcando el paso con hambre de triunfo. No obstante que un australiano quiso romper el ritmo implantado, seguimos en grupo hasta el kilómetro continuamos así hasta el 20. Pero, al llegar al 25, las cosas empezaron a cambiar: el grupo se redujo a 4 atletas, lo que significaba para mí, que la competencia de verdad, comenzaba ese instante.

A los 30 kilómetros, sólo Mauricio Damilano, mi amigo de muchos años había podido, mantener el ritmo inicial que establecí. Me sentía bastante bien; intuía que me empujaba una gran fuerza, producto de mi deseo de ganar. En el kilómetro 35 aventajaba a Mauricio por escasos metros, pero presentí que muy pronto llegaría su agotamiento: el ritmo lo desgastaba visiblemente. Como a las once de la mañana llegamos al kilómetro 40. El calor hacía del asfalto un comal ardiente. Estábamos a 10 kilómetros de la recta final y Mauricio había desfallecido.

En esos momentos, por mi mente todo pasaba rápido, como una película en alta velocidad. Recordaba todas las angustias, los sinsabores, los fracasos; las veces que había llorado de amargura y de rabia, los esfuerzos sin límite en Bolivia, la muerte de mi padre y muchas otras cosas que había hecho en 15 años para, al fin, llegar hasta donde me encontraba.

Al arribar al kilómetro 45, mi ritmo seguía firme. A mi paso se sucedían los gritos y los aplausos ensordecedores. La gente no dejaba de alentarme. Así que me lancé en pos del récord olímpico. La competencia estaba ganada; necesitaba de nuevos alicientes. En el último giro al circuito aumenté el ritmo en mi andar.

Cuando salí de la última curva de la pista a entrar a los cien metros finales, sentí un gran deseo de no terminar. No quería que aquello acabara y, sin embargo, estaba a unos metros del final. Caminé firme con la respiración al máximo, agitado por el cansancio extremo que para esos momentos no sentía. No sentía nada físicamente; mi mente divagaba entre la alegría y la tristeza.

Un rugido saludó el momento en que Raúl cruzó la meta final.

Gritos. Llanto. Algarabía total.

Récord olímpico: 3h.47'26".

¡México, ¡México!, ¡México!..."

Cuatro horas después, el momento anhelado durante 15 años:

En lo alto del podio, con la medalla de oro reluciendo en el pecho, con el Himno Nacional sonando fuerte, con la bandera mexicana en lo más elevado del mástil olímpico...

Raúl:

- El Himno Nacional trajo a mi mente recuerdos de mi infancia, recuerdos de mi amor a México, porque México es todo lo que ha formado mi vida, mi familia, mis amigos, mi tierra... En ese momento estaba representando dignamente a mi pais y me sentía muy orgulloso de ello.


DE NUEVAS FECHAS, DE NUEVAS

HISTORIAS DE NUEVOS RETOS...

El nuevo ciclo olímpico ha concluido.

Raúl decide poner en práctica sus conocimientos sobre administración deportiva.

La oportunidad se presenta cuando Alfonso Martínez Domínguez lo invita a hacerse cargo de la institución deportiva del estado de Nuevo León.

Raúl:

Quería dar a mi pueblo algo más que la satisfacción de las medallas; quería hacer mucho por nuestro deporte.

Lo hizo. Reestructuró la dirección a su cargo y dio vida a programas deportivos en todos los municipios. Su presencia alentó a los neoleoneses, desde los niños hasta los adultos, a practicar el deporte.

Pero...

Raúl:

- Al tiempo que desempeñaba el puesto de Subsecretario de Deportes, crecía en mi la inquietud surgida, tiempo atrás, en un simple comentario en el hotel del lago Titicaca: quería ser maratonista; ya en 15 años de caminata había obtenido todos los éxitos posibles -dos medallas olímpicas, tres campeonatos mundiales, 8 marcas mundiales y medallas panamericanas y centroamericanas-... Buscar repetir, en los 50 kilómetros, con una medalla de oro en Seúl 88, representaba para mí una motivación menos fuerte que intentarlo en una prueba diferente.

Al producirse el cambio de gobierno en el estado, Raúl fue invitado por el nuevo gobernador, Jorge A. Treviño, no sólo a formar parte de su equipo en la campaña electoral, sino posteriormente, a continuar al frente del deporte. Tres meses después, Raúl obtuvo una licencia para dedicarse al ciento por ciento a su actividad deportiva.

Raúl corrió sólo tres maratones -con resultados poco satisfactorios-: Nueva York, Boston y México.

Hasta que, en febrero de 1987 y después de una profunda reflexión, determinó: "¡Regreso a la caminata; mi mira sigue siendo Seúl y buscaré una medalla!".

Su anuncio causó nueva controversia. Renacieron rencores olvidados. Muchos se sintieron injustificadamente desplazados. Volvía la vieja amenaza, el viejo competidor solitario.

Y mientras tanto motivado por su entusiasmo, Raúl había logrado concretar una idea: unir a todos los medallistas olímpicos mexicanos.

Raúl:

- Si como deportistas dimos hasta el máximo de nuestra capacidad, creo que toda esa experiencia acumulada por nosotros aún puede servir de mucho a las nuevas generaciones. Siento que todos los medallistas olímpico fuimos- un tanto afortunados y que el cúmulo de experiencias deben estar al servicio de todos los mexicanos.

Nació así la Asociación Mexicana de Medallistas Olímpicos.

Raúl fue electo Presidente de la primera Mesa Directiva.

Todo eso, mientras se preparaba para su reaparición.

Con sólo dos meses de entrenamiento, en junio compitió en el selectivo para los Juegos Panamericanos. Era el campeonato nacional. Raúl quedó segundo en aquel certamen de controversial actuación de Ernesto Canto, quien irrumpió en plena competencia para entrenar.

En los Juegos Panamericanos -agosto, en Indianápolis- Raúl conquistó la medalla de plata en los 50 kilómetros y, en Roma, durante los campeonatos mundiales de atletismo, fue líder de la prueba durante 35 kilómetros; terminó en onceavo lugar. "Me falta mucho trabajo", admitió. "Eso se corrige con el tiempo".

No lo tendría más.

Porque, si un día tuvo que tomar la difícil decisión de abandonar sus estudios de físicomatemático y dedicarse de tiempo completo a la práctica del deporte, el destino lo colocaba ahora en el momento de otra grave determinación: continuar como competidor y llegar a Seúl 88, o aceptar la invitación del licenciado Carlos Salinas de Gortari, en ese entonces candidato del PRI a la presidencia de la República, a integrarse a su equipo de campaña -como Secretario de Fomento Deportivo del CEN del partido-. Raúl optó por lo segundo. Con dolor, con angustia.

Ahora es Raúl, funcionario del deporte.

Y en diciembre de 87 recibe una honrosísima distinción: es elegido, a través de una encuesta mundial con técnicos, entrenadores y periodistas, como el mejor de la historia en los 50 kilómetros de caminata. Un reconocimiento de la Federación Internacional de Atletismo único e invaluable. Sólo siete atletas ¿entre, cuántos- se han hecho acreedores a esa, distinción.

En diciembre de 1988, el presidente Carlos Salinas de Gortari nombra a Raúl, presidente de la Comisión Nacional del Deporte y en los primeros días de febrero le confía también, la presidencia de la Confederación Deportiva Mexicana.

Raúl:

- Siempre me han gustado los retos;

siempre me ha gustado afrontar las responsabilidades. Y este reto y esta responsabilidad son, muy importantes, porque son de cara al pueblo de México; de cara a su juventud, esa qué dedica su tiempo y en muchos casos los mejores años de su vida, a la práctica de una disciplina deportiva. Mi tarea principal es suma de toda la gente del deporte para que, de una manera organizada y viable, podamos dar una respuesta a las demandas que se hacen en nuestro medio... Como deportista me entregué en un ciento por ciento a mi tarea de ser el mejor ahora, con entrega, trabajo y lealtad pero sobre todo de una forma responsable, me comprometo a hacer frente a este reto y a esta responsabilidad y a salir airoso. No puedo prometer más...