Wednesday, June 14, 2006

Las memorias de El Tibio


Pedro Díaz G.


Suyo es el relato: "Estaba yo feliz, desde el día anterior, porque en mi heat eliminatorio pasé en primer lugar.

"En aquel entonces se manejaba mucho que los nadadores nos rasuráramos las piernas; se creía que te daba más velocidad. Al menos, la sensación de nadar con y sin vello es notable.

"Mis compañeros me convencieron de no rasurarme sino hasta la final. Yo pensaba: `¿Y si no paso?`, pero todos confiaban en que sí y dije, bueno, pues. Que la rasurada espere hasta el final".



Del purgatorio a los consejos de papá

"Ya a unos minutos de la prueba, en la Alberca Olímpica, había un cuartito al que le pusieron El Purgatorio , porque era, decían los nadadores, `la antesala del infierno`.

"Era la sala previa a tu momento olímpico. Había bancas numeradas del 1 al 8. Ya cuando nos dejan por fin allí a los ocho y estamos solos.

"Casi nadie se habla. Me acuerdo que fui al baño y me encontré con el japonés, que se miraba al espejo, así, cerquita, no sé, como si se estuviera exprimiendo un barrito o algo, pero no: sólo se estaba mirando. Yo decía: `qué onda con este cuate en el espejo`.

"Y entonces regresé y estaba, en una televisión chiquita, la prueba anterior. Y me dio risa porque sentado ahí un soviético y a su lado un estadounidense, y ambos viendo la tele, cuando se oye: `En sus marcas...` y `Trucutú`, como le decíamos al de la salida, el Trucu , anuncia la salida. Y ves cómo se agachan las niñas para lanzarse al agua, y el ruso se puso nervioso y que apaga la tele, cuando estaban a punto de salir! Y entonces el otro se le queda viendo, se levanta, prende la tele y la voltea, y se pone él solito a verla, interesado en la final previa.

"Todos, en ese momento, estábamos muy nerviosos. Pero ese incidente me tranquilizó. Salimos del Purgatorio , pasas el pasillo ese grandote antes de entrar hacia la zona de la alberca, donde hay unas bancas enormes, de cemento. Y ahí estábamos formados, cuando volteo y veo a mi papá, fíjate. Parado ahí. Y corre hacia mí y le digo: `Y tú, qué pasó, cómo te colaste, te van a sacar, qué estás haciendo`. Y me dice: `Vengo aquí a ayudarte, a que le eches ganas`. Y termina: `Ya, aunque sea tercero...

"Cómo papá. Cómo le deseas un tercer lugar a tu hijo, le decía yo. ¡Pídeme el primero!, no el tercero.

Él se apenó. Lo vi, y como que dijo: `Chin, creo que la regué`.

"Qué gacho, cómo tercero, pensaba yo. Pero es que él estaba más nervioso que yo. Motívame bien, papá. `Bueno, échele ganas y ahí nos vemos`.

"Y yo riendo y pensando, qué bárbaro, me cotorreé a mi papá".



Cuatro, tres, dos, uno...



"Pero al segundo siguiente sales a la alberca y empiezas a sentir, ahora sí, todos los nervios juntos: tu corazón se te siente en todo el cuerpo. La pulsación en todos lados la sientes, y sientes que empieza a latir más fuerte. Sin estar tú cansado, tu corazón empieza a prepararse. Y tu mente te está diciendo: ahí viene la friega. Pam-pam-pam. Sientes los latidos en la cabeza, en el cuello, en la boca...

"Yo trataba de calmarme: me decía, `ya me estoy cansando ahorita y todavía no hago nada...` Y pensaba entonces en mi prueba, la repasaba. Nos pusieron en la salida de la alberca, en las canastillas, y yo repitiendo mi prueba, tranquilo. Y tratar, ya, de no escuchar al público, porque se oía mucho el ruido del público: `Mé-xi-co!, ¡Mé-xi-co!...` En fin, tratando de bloquearme.

"Y recuerdo que sí lo logré, porque estaba yo quieto, tranquilo y concentrado.

"Y cuando caes al agua, por lo general, se te van los nervios. Pero a mí no se me fueron ahí. Siempre decíamos que el agua y los nervios no se llevan, pero ahí no se me fueron los nervios. Seguía muy nervioso, con ganas de ganar desde ahí, desde el principio: ¡irme con todo! "Me acuerdo que hasta pensé que tu mismo cuerpo te reclama: estás sufriendo, te dice: `qué estás haciendo aquí...` `¿porqué estás sufriendo, párate y ya vete`... Yo mismo lo pensaba: si ya me faltan 200 metros. Si los he hecho tantas veces, 200 metros. Ésa era mi manera de concentrarme; eso pensaba bajo el agua.



Brazadas de oro

"Y en los últimos 50 metros, cuando di la vuelta, sentía que me iban saliendo bien las cosas. En los últimos 50 metros te duele todo: te duele desde la punta del dedo, y sientes como si alguien te jalara. Y por eso es que tus entrenadores te dicen `¡estírate!`, porque ya no puedes ni estirarte, de cómo vienes, del mismo dolor. El estómago, las piernas. Sientes como que te falta el oxígeno.

"Así lo sentía, pero me tranquilizaba porque pensaba: `este cuate va igual que yo de fregado. Tengo que echarle más ganas`. Y oía ruidos, sabía que iba bien porque ya no lo veía. Como le llevaba un cuerpo, ya no lo veía. Y al gringo, aunque tienes una visión periférica, ya no lo veía, pero lo sentía.

"Porque abajo del agua se oyen las burbujas: "Brooom!, ¡brooom!, y hay quienes gritan: "Braaam, brooom, agggrrr", se escucha.

"Y cuando sacaba la cabeza alcanzaba a escuchar gritos de México. Voy bien, pero no sé cómo.

"Y pensaba: ya, ahí está la pared. Y me acuerdo que me tenía que estirar. Eso me habían dicho: `¡Estírate al final!, y estírate, no hagas caso a nadie`, me decían Johnson y Nelson. Toco la pared y oigo: `Aaaaaaaahhhh`, me acuerdo bien. Y tuve que voltear al tablero donde se ponían los nombres de nosotros, un foco rojo indicaba quien había tocado primero y el `1` del otro lado.

"Veo el foco rojo, mi nombre y, uta, se me salió el corazón igual, pero ahora sí de cansado. Yo quería brincar, pero no podía. No puedes ni moverte, no pude ni levantar los brazos, ahí en la alberca, pero qué satisfacción, qué victoria.

"Regresé a la orilla y el americano me felicitó, el soviético no, estaba muy molesto. Le dolió mucho la derrota.

"Después salí, y estaba yo muy contento, escuchaba un chorrro de gritos, agarré mi toalla, corrí hacia mis entrenadores. Y a disfrutar".

Explota la algarabía, el paroxismo es colectivo. Finaliza esa corta espera tan larga como un siglo. En las tribunas se produce un extraño rito de celebración: unos gritan, otros lanzan al aire las porras al Tibio.

Se mezclan las más encontradas expresiones de alegría, y es que esta noche México ha ganado, ya a sólo cinco días del adiós a los juegos, su primera medalla de oro en la XIX Olimpiada.

Sube a lo alto del podio el jovencito de sólo 17 años, alza los brazos jubiloso, la multitud le responde. De repente, otra vez, el silencio total. Nuestra bandera es izada y son diez mil voces las que cantan: "Mexicanos al grito de guerra..." y el jovencito enjuga, con su mano derecha, una furtiva lágrima.

No se considera un héroe, es ... simplemente un deportista que ha comprendido que para llegar a donde se desea, hay que poner toda el alma de por medio.



Octubre, 2003

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